Texto extraído del libro de John Main “Una palabra hecha silencio” (Editorial Sigueme, 2008 Págs. 68-70.
Así pues, el primer paso hacia esa naturaleza personal consiste en dejarse amar. El secreto reside en dejar que el Espíritu Santo sea enviado al corazón humano para que lo toque y despierte permitiendo que nuestra mente sea iluminada por su luz redentora. La llegada del Espíritu es un acontecimiento que forma parte de la Resurrección y, por tanto, también hoy muestra la misma frescura que aquel domingo por la tarde, tal como narra el evangelista Juan, cuando los discípulos estaban reunidos con las puertas cerradas y Jesús llegó y sopló sobre ellos diciendo: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20,19-22).
La apatía y la tendencia por huir que caracterizan a la naturaleza humana, la resistencia a dejarse amar, no son —como tampoco lo fueron las puertas cerradas— impedimentos para el Espíritu Santo. Enviado al corazón humano, El Espíritu revive allí el misterio divino en la medida en que Dios sostiene a la persona en su ser. Incluso en el corazón de la persona más malvada que pueda existir el Espíritu Santo seguiría clamando incesantemente: “Abba, Padre” (Gal 4,6).
Comenzamos con la leve impresión de que el Espíritu aletea en nuestro corazón, de modo que es mediante la presencia de Otro como nos conocemos a nosotros mismos. Al abrirnos a su plena realidad y escuchar nuestro corazón nos encontramos con la prueba viva de nuestra fe, la cual justifica esa primera impresión tenue, esa primera esperanza. El apóstol puede afirmar en este sentido que “la paciencia produce virtud sólida, y la virtud, sólida esperanza. Una esperanza que no engaña, pues al darnos el Espíritu Santo, Dios ha derramado su amor en nuestros corazones” (Rom 5,4-5).
El desbordante lenguaje de Pablo invita al descubrimiento de la realidad del Espíritu, de la experiencia del gozo liberado, colmado y rebosante que Jesús mismo predicó y no deja de comunicar a través de su Espíritu. Esto, y no otra cosa, es el exceso desbordante de la oración.

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