MEDITANDO CON LOS OBLATOS BENEDICTINOS DE LA WCCM
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La meditación esta muy unida al desapego. Dado que en el vocabulario de nuestras religiones occidentales no existe un concepto tan malinterpretado como el del “desapego”, la meditación con frecuencia genera problemas o complicaciones innecesarias. Nos imaginamos que desapego implica una clase de fría indiferencia platónica.
Sin embargo, creo que el desapego es la lección fundamental que la meditación debe enseñarnos hoy a nosotros, hombres y mujeres occidentales que sufrimos las consecuencias de una cultura religiosa que con frecuencia ha puesto el acento en el lugar erróneo.
El desapego no implica una disociación de ti mismo, ni implica eludir tus problemas o tus responsabilidades. No es la negación de la amistad o del cariño, ni tampoco de la pasión. El desapego, en esencia, consiste en desprenderse de la preocupación por uno mismo, de ese estado mental, con frecuencia inconsciente, que te sitúa en el centro de toda la creación.
El desapego se preocupa también por el compromiso en la amistad, en conseguir la confraternidad, en un amor auto-trascendente y expansivo. El desapego hace posible el amor, porque el amor sólo es posible si estamos desapegados de la preocupación por nosotros mismos, si hemos salido del autoaislamiento, si nos hemos liberado de la autocomplacencia.
El “desentenderse” que implica el desapego se refiere a dejar de utilizar a los demás para los propios fines. Pero, por encima de todo, y esta es la lección fundamental que hemos de aprender en la meditación, el desapego es la liberación de la angustia que sentimos por la propia supervivencia en cuanto un “yo”, como identidad.
La vida nos enseña que amar consiste, en esencia, en perderse uno mismo en la realidad mayor del otro, de los otros y de Dios. Desprenderse del egocentrismo nos libera para el amor, de modo que no estamos ya dominados por la búsqueda animal por la supervivencia. El desapego requiere que tengamos plena confianza en el ser humano: confianza en el otro, tanto en las personas como en Dios. Precisa de la voluntad de dejarse llevar, de renunciar al control y de ser.
Carla Cooper
En segundo lugar, es importante estar con personas afines cuando uno se embarca en un viaje espiritual. Si se está solo, no resulta una travesía fácil; el respaldo y el aliento de otros que recorren la misma senda resulta muy valioso. John Main insistió en la importancia de las reuniones semanales de Meditación. Además, él creía en que “la meditación crea comunidad”. Los seres humanos somos criaturas constitutivamente sociales y experimentamos, de modo muy sutil, la influencia de aquellos con quienes nos reunimos. Pero también se refería al efecto de la oración: “Porque donde se reúnen dos o tres en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”, dice Jesús en el evangelio de Mateo. Su presencia establece un lazo creciente entre las personas que rezan juntas. A partir de ese lazo, surge un sentido de comunión, un deseo de animar y alentar a los demás.
Este sentimiento de comunidad surge especialmente con la oración del silencio. El silencio constituye la esencia de cada encuentro de un grupo de Meditación. Repetir fielmente nuestra palabra sagrada nos conduce a un silencio profundo en el centro de nuestro ser, donde habita Cristo. En ese silencio descubrimos nuestro propio y auténtico “yo” y al hacerlo tomamos conciencia de que no somos seres aislados e individuales sino que estamos interconectados con todos, con la Creación y con la Divinidad. Por tanto, se trata de un silencio que no es solitario, sino compartido; es el silencio que verdaderamente nos une. Es más, el recuerdo de este silencio compartido nos sostiene y nos mantiene fieles a nuestra práctica individual, dos veces al día, en nuestras casas, o nos ayuda a comenzar de nuevo cuando hemos flaqueado.
La persona que ha sentido la llamada de guiar un grupo tiene un importante papel de apoyo. Él o ella puede contribuir a crear el ambiente apropiado para que el silencio eche raíces; además, su constancia al estar presente cada semana sirve de ejemplo para los demás.
En muchos sentidos, la meditación cristiana nos conecta con la vida de los primeros cristianos en los primeros siglos de nuestra era. No se trata sólo de que John Main redescubriera en los escritos de esos tiempos la oración del silencio que utiliza una única palabra de oración. También el ambiente en el que los primeros cristianos se reunían para orar era semejante: se reunían igualmente en pequeños grupos, en las casas o en lugares de reunión.
En nuestra página web, en el epígrafe “Grupos de Meditación Cristiana”, puedes encontrar material de apoyo en relación con la constitución y acompañamiento de grupos. Este material ha sido extraído del libro Una perla de gran valor, de Laurence Freeman, que también puedes descargarte en pdf.
Kim Nataraja
El autor de La nube del no saber, que enseña esta práctica desde la Inglaterra del siglo XIV, decía que muy a menudo recibía objeciones a su enseñanza por parte de personas cultas y de teólogos, pero que rara vez venían de la gente sencilla. La objeción más frecuente es que se trata de una practica compleja y esotérica. Pero no lo es. Es una practica de absoluta sencillez. No exige más que fe.
Fuente: Word Made Flesh. Silence and Stillness in Every Season, página 220
No buscamos que ocurra nada, ni intuiciones ni sabiduría. No analizamos ningún fenómeno superficial o externo. Todo eso es trivial comparado con el conocimiento del Espíritu que habita en nosotros, un conocimiento que surge cuando apartamos la mente de lo temporal y pasajero y abrimos el corazón a lo que perdura: Dios y el amor de Dios por cada uno de nosotros. Así es como descubrimos nuestro amor por todos nuestros hermanos y hermanas: sabiéndonos amados.
Fuente: Word Made Flesh. Silence and Stillness in Every Season, página 219
De Atención y Amor 1, Laurence Freeman, Serie de Charlas sobre Meditación 2017 A
He hablado en varias ocasiones sobre los niveles de consciencia que la meditación nos permite experimentar y revelar. En cuanto empezamos a meditar, nos volvemos más conscientes de nosotros mismos, más conscientes de nuestra propia naturaleza, de cómo funciona realmente la mente, el cuerpo y la persona humana. Este es un aspecto del autoconocimiento. Y este autoconocimiento, que puede escasear en una sociedad y cultura tan carentes de atención como la nuestra, es fundamental para la humanidad. Porque sin él, no conocemos a Dios. Y conocer a Dios es la esencia de la vida humana.
San Ireneo dijo: «La gloria de Dios es el ser humano plenamente vivo». Y la vida del ser humano es la visión de Dios. Dios es glorificado en el ser humano. Y eso sucede cuando el ser humano desarrolla todo su potencial, cuando alcanza la plenitud de la vida a través de todas las experiencias que nos presenta, a través de todas las fases y etapas de nuestra existencia. Y esa vida que expandimos y realizamos es la visión de Dios, es el conocimiento de Dios, es nuestra interacción con Dios, es, en última instancia, nuestra unión con Dios. Es como una danza. Al principio parece que hay dos personas bailando, pero cuando la danza avanza, te das cuenta de que solo existe la danza. La danza es el amor de Dios.
Foto: Lujan (Bs As)
Wccm, 10 julio 2026
La meditación es un camino seguro para perder la propia vida, para perder la propia conciencia de uno mismo como entidad autónoma y separada. Al perderla, uno se encuentra en unidad con Dios y en unidad con toda la creación, porque por fin está en unidad consigo mismo. Tu conciencia ya no está dividida, ya no está confundida. Está simplificada. Es una en Dios.
El Camino del No-Saber
Fuente: Word Made Flesh. Silence and Stillness in Every Season, página 337
Aprender a meditar es un proceso, y como todo proceso, lleva tiempo. Debemos aprender gran paciencia y humildad. Después de toda nuestra educación y experiencia, resulta muy difícil aprender simplemente a decir nuestra palabra. Tenemos que ser muy pacientes con nuestra lentitud y con nuestra falta de perseverancia.
Creo que todos nosotros, cuando empezamos a meditar, comenzamos y paramos y volvemos a empezar, y todos necesitamos valentía y aliento. La valentía y la humildad consisten en seguir regresando. Los valientes y los humildes son aquellos que vuelven a empezar. En efecto, cada vez que meditamos, cada vez que nos sentamos a meditar, estamos empezando de nuevo. No es de extrañar, por tanto, que la perseverancia nos haga pensar y sentirnos mejor con nosotros mismos.
Al aprender a decir el mantra aprendemos a soltar todas nuestras ideas, planes, procesos de pensamiento y, en el momento dado, incluso nuestra autoconciencia. Los soltamos porque sabemos que debemos entrar en el silencio total.
El Camino del No-Saber
Fuente: Word Made Flesh. Silence and Stillness in Every Season, página 335
Vivimos en un mundo nada silencioso. Vivimos en un entorno ruidoso en el que oímos todo al mismo tiempo y, sin embargo, no escuchamos nada. A pesar de ello, cada uno de nosotros es llamado a un estado de oración, de atención pura, de expansión del espíritu hacia el eterno silencio de Dios.
Hay, además, otro tipo de silencio, un silencio que no surge de la presencia sino de la ausencia, cuando parece que Dios se ha retirado. Es una realidad en la que no sentimos su estar. Es tan solo una sensación de que se ha retirado de nuestro mundo, de nuestra conciencia … También es maravilloso sentir la infinitud de Dios llenándonos de una calma infinita, de un sentido profundo. Este es un regalo, sin embargo, que no podemos poseer.
Con la meditación aprendemos, a medida que recorremos camino, a sentirnos igualmente contentos con cualquiera de estas dos formas de silencio – con el sentido de la presencia infinita de Dios y también con el sentido infinito de su ausencia. Al principio, nos cuesta porque no hemos aprendido aun mucho sobre el desapego. Esperamos siempre la satisfacción en nuestra meditación. Esperamos comprobar que funciona, que ahora conocemos a Dios, y que ya hemos aprendido a vivir en su presencia. Precisamente, la segunda forma de silencio, su ausencia, es necesaria para purificarnos, para que aprendamos a amar a Dios desinteresadamente como él nos ama y se ama a sí mismo. Él nos enseña a ser fuertes en el amor y en la fidelidad y a asegurarnos que amamos a Dios por él mismo y en él mismo y no solo por las manifestaciones de su presencia que tanto nos satisfacen.
Para madurar a cualquier nivel, debemos crecer a través de todas las dificultades que nos generan los cambios y las pérdidas, todos los sentimientos, las emociones y los pensamientos que provocan y, así, acabar aprendiendo a amar a Dios con fortaleza y simplicidad. Parte de la disciplina de decir el mantra es que nos enseña a permanecer en ese amor. Nada nos sacudirá de nuestra convicción de que Dios es, que Dios es Amor, y que su amor habita en nuestros corazones. Si nos comprometemos, el sentido de ausencia fortalecerá nuestra fé en Dios enseñándonos a conocerlo más plenamente.
Habiendo llegado a este grado de profundidad de nuestra fe, nos será indiferente que tengamos un sentido de su presencia cercana o un sentido de su ausencia. Ya sea que se encuentre cerca o lejos, los sentimientos no afectarán la disciplina que traemos a la práctica de la meditación porque nuestra convicción no estará fundamentada en sentimientos sino en hechos – el hecho de que él es Dios todo-misericordioso, todo-amoroso y todo-compasivo.
Los dos silencios, pues, son igualmente poderosos en enseñarnos. El silencio de las revelaciones nos llena de maravilla y el silencio de la ausencia nos enseña fidelidad. La Palabra siempre está presente en ambos.
Traducido por WCCM España
John Main consultó al Swami si él, como cristiano, podría orar de este modo. El Swami le respondió riéndose que esa forma de oración sólo haría que fuera un mejor cristiano.
En su libro “Meditación Cristiana. Conferencias de Getsemaní”, John Main describe como el Swami resaltaba la importancia de meditar cada mañana y cada tarde durante media hora. Decía: “Si te lo tomas en serio y deseas arraigar el mantra en tu corazón, ése es el mínimo tiempo que necesitarás. Durante la meditación no debe haber en tu mente ni pensamientos, ni palabras, ni imaginaciones. El único sonido será el de tu mantra, tu palabra. Es como una armónica. A medida que hacemos sonar esta armónica dentro de nosotros comenzamos a dejar que resuene en nuestro interior. Esta resonancia nos conduce entonces más allá … hacia nuestra propia unidad… Comenzaremos a experimentar la profunda unidad que todos poseemos en nuestro propio ser. Y entonces, la armónica comenzará a resonar entre tú, el resto de las criaturas y toda la creación y, así, se creará una unidad entre tú y tu Creador”.
Este fue el comienzo del viaje de Meditación de John Main. La Meditación le condujo al silencio que guía a la oración contemplativa, a la oración profunda, a la oración en el silencio. La meditación llegó a ser el pilar principal de su vida de oración y de toda su existencia y, finalmente, decidió hacerse monje.
En aquella época, la meditación no era aceptada como una forma de oración cristiana y tuvo que renunciar a ella cuando inició su noviciado en el monasterio, de acuerdo con el espíritu de obediencia de la Regla de San Benito. Aunque echaba mucho de menos la meditación, vivió su renuncia como un aprendizaje del desapego. “Aprendí a separarme de la práctica, que era sagrada para mí, y sobre la cual deseaba construir toda mi vida. En cambio, aprendí a construir mi vida sobre Dios mismo”
Muchos años después, descubrió, con inmensa alegría, esta forma de oración que el Swami le había enseñado en los escritos de Juan Casiano, un monje cristiano, Padre del Desierto del siglo IV. En estos textos John Main leyó acerca de “la práctica de recitar una única palabra para alcanzar el silencio necesario para la oración”. Sintió que regresaba a casa una vez más y recuperó la práctica del mantra.
John Main fue pionero en compartir esta forma de oración a través de grupos de meditación, libros y retiros, no sólo con los monjes sino también con personas laicas, jóvenes y ancianos. Tras su muerte, en 1982, el Padre Laurence Freeman se hizo cargo de continuar su misión y se convirtió en el guía espiritual de la Comunidad y, en 1991, fundó la Comunidad Mundial para la Meditación Cristiana.
Kim Nataraja
Traducido por WCCM España
La vida, el amor y la muerte con frecuencia nos enseñan la verdad. Nos topamos con el silencio en muchos giros inesperados en nuestro camino por la vida, de formas impredecibles y con personas insospechadas. Este encuentro a veces puede resultar emocionante y maravillarnos pero otras puede llegar a ser aterrador.
Nuestros pensamientos, miedos, fantasías, esperanzas, enfados y deseos aparecen y desaparecen constantemente. Nos identificamos de manera inconsciente con estos estados fugaces y compulsivos sin pararnos a pensar en lo que realmente estamos pensando. Cuando el silencio nos enseña lo irreales que son estos estados transitorios, nos enfrentamos a la temida pregunta de “qué somos”. En el silencio debemos enfrentarnos a la terrible posibilidad de nuestra propia irrealidad.
El pensamiento budista considera esta experiencia -lo que denomina “anatman” o “no ser”-como el pilar fundamental de la sabiduría en el camino de liberación del sufrimiento y uno de los medios esenciales para alcanzar la iluminación.
Al budista practicante se le anima a buscar esta sensación de fugacidad interior y, en lugar de huir de ella, dejarse llevar, igual que hicieron el Maestro Eckhart y muchos grandes místicos cristianos.
Es perfectamente comprensible que anatman sea la idea budista con la que muchas personas tienen la mayor parte de sus problemas. Qué absurdo, ¡qué terrible y qué sacrilegio decir que no existo! De hecho, mucho del antagonismo cristiano a anatman no tiene fundamento o se basa en una interpretación equivocada.
Anatman no significa que no existamos, sino que no existimos como seres independientes y autónomos, que es la existencia que al ego le gusta imaginar, la fantasía de “ser Dios” con la que la serpiente tentó a Eva. Es la soberbia de la que personas religiosas, a menudo, son víctimas.
Yo no existo por mí mismo … porque Dios es la base de mi ser. A la luz de esta visión, recordamos las palabras de Jesús en el Nuevo Testamento, con una percepción más profunda.
“Si alguno de vosotros quiere seguirme, debe negarse a sí mismo; deberá cargar con su cruz cada día y seguirme. Porque el que pierda su vida por mi causa, la salvará” (Lucas 9: 23-24).
Si a través del silencio podemos abrazar esta verdad de anatman, haremos importantes descubrimientos sobre la naturaleza de la conciencia. Descubriremos que la conciencia, el alma, es más que la increíble capacidad de lógica, cálculo y juicio del cerebro. Somos más de lo que pensamos. La meditación no es lo que pensamos.
Traducido por WCCM España
Una definición muy antigua de la oración la describe como “la elevación del corazón y la mente a Dios”. Y ¿qué es la mente, qué es el corazón? La mente es lo que piensa, cuestiona, planea, se preocupa, imagina. El corazón es el que sabe, el que ama. La mente es el órgano del conocimiento y el corazón, el órgano del amor. La conciencia mental debe abrirse y dejar paso a una forma más profunda de conocimiento que es la conciencia del corazón. El Amor es el conocimiento completo.
La mayor parte de nuestra práctica y entrenamiento en la oración se limita a la mente. Cuando éramos pequeños nos enseñaron a rezar nuestras oraciones pidiendo a Dios lo que necesitábamos para nosotros o para los demás. Pero esto es solo una parte del misterio de la oración.
La otra dimensión es la oración del corazón, donde no pensamos en Dios, ni hablamos con Él, ni le pedimos nada. Simplemente somos con Dios, que habita en nosotros, en el Espíritu Santo que Jesús nos entregó.
El Espíritu Santo es el Amor, la relación de amor que fluye entre el Padre y el Hijo. Y éste, es el Espíritu de Jesús que ha sido “insuflado” en cada corazón humano. La meditación, es entonces, la oración del corazón que nos une con la conciencia humana de Jesús, en el Espíritu. “No sabemos cómo rezar, pero el Espíritu mismo ora dentro de nosotros” (Romanos 8,26).
El Espíritu Santo en la Iglesia moderna, particularmente a partir del Concilio Vaticano de principios de los años 60, nos ha ido enseñando a recuperar esta otra dimensión de la oración. Los escritos del Concilio sobre la Iglesia y la Liturgia enfatizan la necesidad de desarrollar “una dimensión contemplativa” en la vida espiritual del cristiano actual. Todos estamos llamados a la plenitud de la experiencia de Cristo, cualquiera que sea nuestro modo de vida
Debemos, por tanto, ir más allá del nivel mental de oración: el de hablar con Dios, pensar en Dios, o pedir a Dios lo que necesitamos. Debemos profundizar a donde el espíritu de Jesús mismo está orando en nuestros corazones, en el profundo silencio de su unión con el Padre, en el Espíritu Santo.
La oración contemplativa no es un privilegio de los monjes o de personas especialmente místicas. Es una dimensión de la oración a la que todos estamos llamados. No se trata de experiencias extraordinarias o estados alterados de conciencia. Es lo que Santo Tomás de Aquino llamó “el simple gozo de la verdad”. William Blake hablaba de la necesidad de “limpiar las puertas de la percepción” para llegar a ver todo como realmente es: infinito.
Así es como podemos vivir la conciencia contemplativa en nuestra vida ordinaria. La meditación nos conduce a ello y esto forma parte del misterio total de la oración en la vida de toda persona que busque la plenitud del ser.
Extracto de Laurence Freeman OSB
“Meditación Cristiana-Práctica Diaria”.
Traducido por WCCM España
Que con tu Hijo unigenito y el Espíritu Santo eres un solo Dios, un solo Señor, no una sola Persona, sino tres Personas distintas de una misma naturaleza.
Cuanto creemos de tu gloria, Padre, porque tu lo revelaste, lo afirmamos también de tu Hijo y del Espíritu Santo, sin diferencia alguna.
DIOS TRINO...DIOS COMUNIDAD.
Para estar preparados para las grandes tareas de la vida, debemos aprender a ser fieles en las tareas humildes. La meditación es una peregrinación muy simple y humilde que nos prepara para este enfoque de nuestras vidas en el centro divino. Nuestras vidas se nutren de la savia espiritual, la energía que surge de la raíz de todo ser. La invitación que cada uno de nosotros ha recibido es descubrir quiénes somos, descubrir el destino que tenemos, ir más allá de las limitaciones de nuestro yo separado y unirnos con el Uno que es todo en todo. Al ir más allá de nosotros mismos, nos encontramos a nosotros mismos. Y encontramos nuestra capacidad ilimitada para el desarrollo, la libertad y el amor.
Fuente: Word Made Flesh. Silence and Stillness in Every Season, página 39
Poco después del fallecimiento de John Main, Paul Harris , periodista de Ottawa, visitó la comunidad de Montreal. Había leído un artículo sobre la obra de John Main que daría un nuevo sentido a su vida. Durante las siguientes cuatro décadas, fundó y apoyó grupos semanales en todo el mundo con una fe profunda y contagiosa en su valor espiritual y social. Escribió libros y artículos, y compuso un libro de lecturas diarias de John Main que sigue siendo una guía para la práctica de meditación de muchos meditadores. La práctica diaria de Paul era fundamental en su vida. Era un contemplativo práctico, siempre al servicio de los demás a través de la misión de la comunidad. Fue un buen amigo y consejero, y un compañero de viaje muy agradable en varios continentes. Paul compartía el año de nacimiento con John Main. Casi llegó a los 100 años, pero falleció plácidamente mientras dormía el 19 de mayo, rodeado de sus amados hijos. Estoy seguro de que el padre John les celebrará un centenario en la eternidad.
Siempre recuerdo una conversación personal que tuvimos una vez. Fue algo así: «Sabes, Laurence, llevo muchos años meditando y, bueno, tengo que decir que nunca ha pasado nada... (y antes de que pudiera responder:) Lo sé, lo sé... se supone que no debería pasar nada. Pero bueno, nunca ha pasado nada». «Sabes, Paul, eso solo hace que te admire aún más. Has compartido la meditación con tanta gente y tú mismo no has obtenido ningún beneficio». «¡Oh, no! No he dicho eso. Ha sido un regalo total y ha cambiado mi vida por completo». Mientras hablábamos, me di cuenta de que esta personalidad tan enérgica y bastante perfeccionista estaba siendo guiada hacia una profunda unión y transformación.
Que alguien con los dones y la generosidad de Paul pudiera servir a la comunidad tan bien y durante tanto tiempo me llena de inmensa gratitud y esperanza. Me inspiró con su determinación y modestia, y a menudo me animaba. Les pido que se unan a mí para dar gracias a Dios por su vida y por el gran testimonio que fue para tantos.
La primera señal del ego es el deseo de ser grande; el deseo, por ejemplo, de ser el número uno, el deseo de dominar. Entonces hay un deseo de posesión; el ego quiere poseer en lugar de dar o en vez de dejar ser. El ego desea retener, aferrarse, resistir, no soltar ni dejar ir. El ego desea avanzar, obtener más, saber más, poseer más. El ego desea aferrarse a todas las cosas aun a expensas de otros, anteponiendo su interés al de los demás. Por ello, nuestro trabajo consiste en separarnos del ego, dejar de identificar nuestro verdadero ser con el ego rompiendo esa identificación simplemente despertando al hecho de que tenemos un ego pero él no es nuestra verdadera y más profunda identidad.
Este es el papel del ascetismo, del entendimiento del ascetismo, y de que la ascesis esencial de la vida cristiana es la oración.
Pero, ¿qué es el misticismo y qué relevancia tienen los místicos para nosotros en la actualidad? Misticismo es un término moderno. Los primeros cristianos no lo utilizaban, sino que se referían a ciertas experiencias como místicas.
Bernard McGinn, un escritor perspicaz y erudito que ha abordado este tema en su serie de libros sobre la historia del misticismo occidental, afirma: «El elemento místico en el cristianismo es aquella parte de sus creencias y prácticas que concierne a la preparación, la conciencia y la reacción ante lo que puede describirse como la presencia inmediata o directa de Dios».
Este es realmente el objetivo de dedicarse seriamente a la meditación y la oración contemplativa. Nos permite trascender el nivel racional de nuestra conciencia ordinaria y alcanzar un nivel intuitivo superior. Nos enseña a «dejar atrás el yo», a abandonar nuestra visión egocéntrica de la realidad, y al hacerlo, nos permite trascender el ego y alcanzar un modo de percepción más amplio y abierto. Nos lleva de una realidad basada en el conocimiento a una iluminada por la sabiduría de la Realidad Divina. Entonces entramos en estados de profunda comprensión, donde simplemente «sabemos» sin saber, donde somos sostenidos por el amor. Es una forma de vivir plenamente, de una vida centrada en la supervivencia a una vida con sentido, como explica tan bellamente John Main:
Cada vez más hombres y mujeres en nuestra sociedad comienzan a comprender que nuestros problemas personales y los que enfrentamos como sociedad son, en esencia, problemas espirituales. Lo que cada vez más entendemos es que el espíritu humano no puede encontrar plenitud en el mero éxito o prosperidad material. No es que el éxito o la prosperidad material sean malos en sí mismos, sino que simplemente no son suficientes como respuesta definitiva a la condición humana… Para conocernos, comprendernos y poner nuestros problemas y a nosotros mismos en perspectiva, simplemente debemos conectar con nuestro espíritu. De hecho, él considera que esta es nuestra principal responsabilidad como seres humanos: «Nuestra primera tarea… es encontrar nuestro propio espíritu, porque este es nuestro vínculo con el Espíritu de Dios».
La meditación nos conduce por el camino de « encontrar nuestro propio espíritu» , un camino no solo para los místicos, sino también para la gente común. Los místicos son nuestros investigadores; demuestran que es posible y sus afirmaciones se basan no en la teoría, sino en la experiencia. La dedicación y la perseverancia fiel nos llevan a nuestro Centro, a la presencia del espíritu en nuestro interior, donde nuestra esencia «es emanada y renovada por el amoroso desbordamiento de la vida de la Trinidad» (Palabra en el Silencio).
Kim Nataraja, 15 mayo 2026