Reflexión sobre el Evangelio para el Primer Domingo de Cuaresma 2026
La Tentación en el Desierto: Mateo 4,1-11
El Papa Francisco propuso que la frase del Padrenuestro usada en el mundo anglosajon «No nos guies a la tentación» fuera traducida de otra manera. Sentía que daba la impresión engañosa de que Dios nos atrae hacia la tentación y nos tiende trampas, como si a Dios le gustara jugar a ser Dios con nosotros y sonriera cuando caemos en la trampa. Propuso una versión más clara, que es la que usamos en el castellano: «No nos dejes caer en la tentación».
Reflexionemos sobre estas opciones al entrar en la Cuaresma con el relato evangélico de que el Espíritu condujo a Jesús al desierto, donde el diablo le tentó después de su ayuno. En ese momento, Jesus estaba especialmente debilitado y vulnerable cuando apareció el diablo. Muy dentro de sí, Jesús quizá percibía lo fácil que sería deslizarse en una o las tres partes de la red de ilusión del ego.
La primera es confiar en sustitutos materiales de la realidad y así evitar los desafíos infinitos que ésta nos plantea en la vida diaria. Es mucho más fácil caer en la autocomplacencia y justificar el uso de nuestro poder o dones de manera egocéntrica -convertir piedras en pan- que aprender lo que el desierto, con su permanencia, aún tiene que enseñarnos.
En segundo lugar, desestimó la tentación de arrojarse desde la cima del templo sólo para demostrar que los ángeles lo rescatarían. Qué seductora es la ilusión del orgullo engañado del ego, que usa el riesgo para evitar comprometerse con la realidad y caer en las reconfortantes redes de la ilusión.
En tercer lugar, rompió la tentación de separarnos por completo de la realidad al coronar los impulsos y anhelos del ego por el poder y el control.
Los Maestros del Desierto creían que necesitamos tentaciones y tribulaciones para, finalmente, romper la red de ilusión y autoengaño. Es valioso ver que vamos progresando en vivir la vida como un camino espiritual, pero es peligroso volverse complaciente y pensar que los viejos patrones nunca intentarán volver. «Estad atentos», por tanto, «en todo momento». De eso se trata la experiencia del desierto: permanecer despiertos.
Abba Sisoes estando en su lecho de muerte, tenia un rostro brillante como el sol y estaba rodeado de sus discípulos. Cuando vinieron los ángeles a llevárselo, pidió un poco más de tiempo para arrepentirse. Los monjes jóvenes, que pensaban que él era perfecto, le preguntaron por qué había pedido más tiempo. Él respondió: «Amén, os digo que no creo haber siquiera comenzado a arrepentirme».
Las miríadas de tentaciones hacia las ilusiones del orgullo forman parte inseparable de la escuela de la vida. Justo cuando sientes que lo tienes bajo control, el susurro insinuante puede volver. No viene del Espíritu que nos acompaña al desierto y que nunca nos abandona a merced de las fuerzas de la oscuridad, ni siquiera cuando caemos en la tentación. Las tentaciones provienen de la inclinación humana, bajo presión o desilusión, a negar la verdad y elegir lo irreal por encima de lo real. Enfrentar esta debilidad humana es de lo que trata el desierto y por qué allí encontramos más que al diablo. Encontramos al Espíritu que siempre nos respalda.
Delante de nosotros vemos y somos ayudados por ángeles radiantes cuando los necesitamos, por el tiempo justo en que los necesitamos. Entonces el diablo lo dejó, y vinieron ángeles y lo servían. (Mt 4,11)
Laurence Freeman
Bonnevaux













