Al abrir nuestros corazones al amor en el nivel más profundo y silencioso de nuestro ser, no estamos reprimiendo el conocimiento humano ni rechazando los valores o relaciones humanas. Por el contrario, todos estos se iluminan, es decir, los vemos bajo una nueva luz, una luz trascendente. Lo extraordinario del mensaje cristiano es que esta luz no es menos que la luz de Cristo, la luz que es Cristo. La llamada para que entremos en esta luz es para que cada uno de nosotros sepa, desde nuestra propia experiencia, junto con San Pedro, San Pablo y San Juan, que no estamos simplemente recitándonos poesía unos a otros ni diseñando escenarios religiosos para «caminatas» de ensueño. Ellos intentaban comunicarnos el hecho, el hecho supremo y redentor, de que la luz de Cristo brilla en nuestro corazón y que la primera tarea de nuestra vida es estar abiertos a ella, ser bañados en ella, ser hechos completos en ella y ver con ella.
La meditación es nuestro viaje hacia esa luz. Para llegar a ella, debemos aprender a ser humildes, pacientes y fieles. Al regresar fielmente a tu meditación cada mañana y cada tarde, aprenderás todo esto. Recitando el mantra desde el principio hasta el final de tu meditación, aprenderás humildad. Por el don de Dios, entonces aprenderás tu propia capacidad de ser amado al aprender que la luz brilla para ti.
Fuente: Word Made Flesh. Silence and Stillness in Every Season, página 230

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