Reflexión sobre el Evangelio para el Segundo Domingo de Cuaresma 2026 |
| La Transfiguración, Mateo 17:1-9 |
| La semana pasada nos encontrabamos en un desierto, enfrentandonos a nuestros demonios para ser atendidos despues por ángeles que pasaron un rato consolándonos. Esta semana nos encontramos en la cima de una montaña brumosa. Nuestro amado, aunque misterioso y esquivo, maestro se nos revela de una manera que destroza nuestra esperanza de cualquier intimidad real con él. Lo vemos -como Arjuna vio a Krishna en el capítulo 11 del Gita- en su gloria cósmica, con su cuerpo físico y todo su ser deslumbrantemente translúcido. |
| Vemos lo que podríamos haber sospechado: que la verdad de él trasciende el reino del tiempo y el espacio en el que nos sentíamos atraídos hacia él. Aunque tengamos el gran privilegio de percibir esta realidad, somos totalmente incapaces de responder adecuadamente. Por eso desviamos la mirada y estamos aterrados. Entonces, sin que lo veamos, él se acerca de nuevo de una manera que reconocemos, nos toca y nos dice que no tengamos miedo. Vuelve a ser como siempre lo hemos conocido y, sin embargo, ya nunca podremos olvidar lo que hemos visto … aunque queramos hacerlo. |
| ¿No sería agradable poder contentarnos con ver las cosas sólo al nivel de las apariencias? Sin embargo, incluso cuando no estamos en uno de esos raros momentos -vislumbrando lo real en lo irreal y lo eterno en lo transitorio- cómodamente instalados en el nivel mundano de la conciencia, no podemos evitar sentir que lo que aparece nunca es toda la verdad. La vida conlleva el riesgo de que una verdad cegadora pueda romper la familiaridad en cualquier instante y trastocar todo. Anhelamos esto casi tanto como lo tememos. |
| El miedo es instintivo, químico y egocéntrico: la amígdala envía señales de socorro al hipotálamo y recibimos una descarga de adrenalina y cortisol. Se trata de salvar mi vida tal como la conozco y evitar el riesgo de conocerla de otra manera porque podría perder el control. Así que me retraigo ante cualquier cambio dentro de un patrón conocido y me esfuerzo desesperadamente por mantenerme a salvo donde estoy, aunque sea un lugar y un patrón de vergüenza autoimpuesto. El miedo nos da la razón para no correr el riesgo de que un patrón limitante se disuelva. |
| Incluso cuando intentamos ser libres y creativos, el miedo nos lo impide imaginando vulnerabilidad y rechazo. La posibilidad de intentarlo y fracasar es aterradora. Nos aterramos ante la idea de tomar incluso una decisión pequeña. Si lo intentamos, nos detenemos a mitad de camino, sintiéndonos inauténticos en el proceso incompleto que nos transformaría. Doy marcha atrás o sigo a paso de caracol. Si nadie, o algo, de alguna manera no se acerca, nos toca y nos dice que no tengamos miedo, quizá nunca reconectemos con el valor de ser humanos y estar vivos. |
| A mí esta historia me conmueve menos como una manifestación de gloria que brilla a través de la superficie y más como una revelación de ternura y paciencia que nos toca más allá de la piel de las cosas y sugiere una prueba de cómo es realmente Dios: mucho más parecido a nosotros de lo que pensamos. |
| Laurence Freeman, OSB |
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