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ECHANDO EL ANCLA


 Fragmento del libro de John Main OSB “La Palabra hecha carne” (Norwich: Canterbury, 2009), págs. 42-43.


Decir el mantra es como echar el ancla. Cae en las profundidades de nuestro ser, y es allí donde tenemos que ir, muy por debajo de la superficie. Estamos tan absortos en lidiar con todo lo que sucede en la superficie que no dejamos tiempo para apartarnos de estas preocupaciones pasajeras. El estrés, la ansiedad, la depresión se utilizan como razones para evitar la meditación porque parece que no tenemos tiempo. Pero el tiempo es lo que tenemos que dar, cada mañana y cada noche, en la meditación. Piensa en ello no tanto como un tiempo para “hacer” meditación sino como un tiempo para ser.

Es el ataque más eficaz contra el egoísmo. De lo contrario, estamos asumiendo que nuestras ideas, pensamientos y fantasías son de suma importancia. De hecho, nos identificamos con ellos más a menudo. En la meditación aprendemos a dejarlos ir para permitirnos ser. Y una vez que alcanzamos el fundamento de nuestro ser, hacemos un descubrimiento extraordinario. No somos nuestras ideas ni nuestras proyecciones del ego. El descubrimiento al que nos dirigimos cuando comenzamos a meditar es que una vez que estamos verdaderamente anclados en nosotros mismos, estamos anclados en Dios.

Éste es un momento sumamente humano y no sabremos qué significa ser completamente humano hasta que no lo hayamos experimentado. Al mismo tiempo, descubrimos nuestra inmensa fragilidad.

Todos, en algún momento, seremos sacudidos por las tormentas de la vida. Sin embargo, junto con este encuentro con nuestra vulnerabilidad y nuestro sufrimiento para cuya aceptación necesitamos un poco de valor, también nos llega el descubrimiento de nuestro potencial infinito. Nuestro destino nos llama a cada uno de nosotros a entrar en el fundamento de nuestro ser. Es la llamada a ser uno con Dios. El significado de este destino es que ya no necesitamos vivir vidas aisladas y autodestructivas. Podemos vivir en armonía resonante con los demás, con Dios.

Significa que estamos llamados a estar en un estado de expansión continua más allá de los límites de nuestro propio ser limitado. Esto es posible porque cada persona posee en su interior la energía y la conciencia necesarias para vencer el aislamiento, el egoísmo y la muerte. A través de nuestra meditación diaria nos convertimos en uno con esta energía y conciencia divinas. Es el poder del Espíritu el que nos expande hacia la generosidad, el amor y, de hecho, hacia la vida eterna, que significa vida ilimitada.

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