Por lo tanto, debemos ir más allá de todos los conceptos de Dios. Debemos trascender el lenguaje y las ideas de la mente porque estas limitan a Dios en nuestra experiencia. Estamos llamados a conocer a Dios no con nuestro propio conocimiento totalmente insuficiente, sino con el conocimiento propio de Dios: el Espíritu que recibimos de Jesús. Por muy perfecta o hábil que sea nuestra mente humana, no es nada comparada con el misterio totalmente inefable al que sólo podemos entrar siguiendo el camino de la simplicidad. Es la simplicidad de Dios, de la unidad divina, lo que nos llama a meditar.
También es nuestro mayor obstáculo. Porque, ¿cómo podemos, con todas nuestras complejidades, conocer la simplicidad absoluta? El mantra es el camino más allá de este obstáculo. Es un signo o símbolo de la unidad y simplicidad de Dios. En toda la literatura clásica de oración, en Santa Teresa, San Juan de la Cruz, o Meister Eckhart, por ejemplo, encontramos la idea común de que el camino hacia la unión total y la presencia continua es el camino de una disciplina simple y desinteresada. El desinterés es el camino del mantra. Nos lleva fuera del laberinto de la autoconciencia. Con su repetición constante, nos lleva gradualmente, y con mucha paciencia, al silencio donde todo se resuelve en la absoluta simplicidad de Dios. En la unidad divina nos hacemos uno con Él.
Fuente: Word Made Flesh. Silence and Stillness in Every Season, página 70

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