Hemos de entender claramente que la meditación, esta búsqueda de sabiduría y amor, debe tener lugar en un entorno completamente ordinario y natural. Debemos aprender a ver toda la vida impregnada por lo divino, en armonía con lo divino. También debemos comprender que es nuestro destino entrar en esta armonía divina, estar en armonía con Dios. No se trata de intentar encajar un poco de espiritualidad en nuestras vidas. La búsqueda espiritual, la invitación espiritual permanente, consiste en llevar nuestras vidas, nosotros mismos, a un enfoque permanente con la verdad última, la bondad última. No de manera egocéntrica o explotadora, sino de una forma muy simple, como un niño. Es mediante la quietud, prestando atención y siendo conscientes de aquel que nos ama.
Para estar preparados para las grandes tareas de la vida, debemos aprender a ser fieles en las tareas humildes. La meditación es una peregrinación muy simple y humilde que nos prepara para este enfoque de nuestras vidas en el centro divino. Nuestras vidas se nutren de la savia espiritual, la energía que surge de la raíz de todo ser. La invitación que cada uno de nosotros ha recibido es descubrir quiénes somos, descubrir el destino que tenemos, ir más allá de las limitaciones de nuestro yo separado y unirnos con el Uno que es todo en todo. Al ir más allá de nosotros mismos, nos encontramos a nosotros mismos. Y encontramos nuestra capacidad ilimitada para el desarrollo, la libertad y el amor.
Fuente: Word Made Flesh. Silence and Stillness in Every Season, página 39

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