MEDITANDO CON LOS OBLATOS BENEDICTINOS DE LA WCCM
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La meditación esta muy unida al desapego. Dado que en el vocabulario de nuestras religiones occidentales no existe un concepto tan malinterpretado como el del “desapego”, la meditación con frecuencia genera problemas o complicaciones innecesarias. Nos imaginamos que desapego implica una clase de fría indiferencia platónica.
Sin embargo, creo que el desapego es la lección fundamental que la meditación debe enseñarnos hoy a nosotros, hombres y mujeres occidentales que sufrimos las consecuencias de una cultura religiosa que con frecuencia ha puesto el acento en el lugar erróneo.
El desapego no implica una disociación de ti mismo, ni implica eludir tus problemas o tus responsabilidades. No es la negación de la amistad o del cariño, ni tampoco de la pasión. El desapego, en esencia, consiste en desprenderse de la preocupación por uno mismo, de ese estado mental, con frecuencia inconsciente, que te sitúa en el centro de toda la creación.
El desapego se preocupa también por el compromiso en la amistad, en conseguir la confraternidad, en un amor auto-trascendente y expansivo. El desapego hace posible el amor, porque el amor sólo es posible si estamos desapegados de la preocupación por nosotros mismos, si hemos salido del autoaislamiento, si nos hemos liberado de la autocomplacencia.
El “desentenderse” que implica el desapego se refiere a dejar de utilizar a los demás para los propios fines. Pero, por encima de todo, y esta es la lección fundamental que hemos de aprender en la meditación, el desapego es la liberación de la angustia que sentimos por la propia supervivencia en cuanto un “yo”, como identidad.
La vida nos enseña que amar consiste, en esencia, en perderse uno mismo en la realidad mayor del otro, de los otros y de Dios. Desprenderse del egocentrismo nos libera para el amor, de modo que no estamos ya dominados por la búsqueda animal por la supervivencia. El desapego requiere que tengamos plena confianza en el ser humano: confianza en el otro, tanto en las personas como en Dios. Precisa de la voluntad de dejarse llevar, de renunciar al control y de ser.
Carla Cooper
En segundo lugar, es importante estar con personas afines cuando uno se embarca en un viaje espiritual. Si se está solo, no resulta una travesía fácil; el respaldo y el aliento de otros que recorren la misma senda resulta muy valioso. John Main insistió en la importancia de las reuniones semanales de Meditación. Además, él creía en que “la meditación crea comunidad”. Los seres humanos somos criaturas constitutivamente sociales y experimentamos, de modo muy sutil, la influencia de aquellos con quienes nos reunimos. Pero también se refería al efecto de la oración: “Porque donde se reúnen dos o tres en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”, dice Jesús en el evangelio de Mateo. Su presencia establece un lazo creciente entre las personas que rezan juntas. A partir de ese lazo, surge un sentido de comunión, un deseo de animar y alentar a los demás.
Este sentimiento de comunidad surge especialmente con la oración del silencio. El silencio constituye la esencia de cada encuentro de un grupo de Meditación. Repetir fielmente nuestra palabra sagrada nos conduce a un silencio profundo en el centro de nuestro ser, donde habita Cristo. En ese silencio descubrimos nuestro propio y auténtico “yo” y al hacerlo tomamos conciencia de que no somos seres aislados e individuales sino que estamos interconectados con todos, con la Creación y con la Divinidad. Por tanto, se trata de un silencio que no es solitario, sino compartido; es el silencio que verdaderamente nos une. Es más, el recuerdo de este silencio compartido nos sostiene y nos mantiene fieles a nuestra práctica individual, dos veces al día, en nuestras casas, o nos ayuda a comenzar de nuevo cuando hemos flaqueado.
La persona que ha sentido la llamada de guiar un grupo tiene un importante papel de apoyo. Él o ella puede contribuir a crear el ambiente apropiado para que el silencio eche raíces; además, su constancia al estar presente cada semana sirve de ejemplo para los demás.
En muchos sentidos, la meditación cristiana nos conecta con la vida de los primeros cristianos en los primeros siglos de nuestra era. No se trata sólo de que John Main redescubriera en los escritos de esos tiempos la oración del silencio que utiliza una única palabra de oración. También el ambiente en el que los primeros cristianos se reunían para orar era semejante: se reunían igualmente en pequeños grupos, en las casas o en lugares de reunión.
En nuestra página web, en el epígrafe “Grupos de Meditación Cristiana”, puedes encontrar material de apoyo en relación con la constitución y acompañamiento de grupos. Este material ha sido extraído del libro Una perla de gran valor, de Laurence Freeman, que también puedes descargarte en pdf.
Kim Nataraja
El autor de La nube del no saber, que enseña esta práctica desde la Inglaterra del siglo XIV, decía que muy a menudo recibía objeciones a su enseñanza por parte de personas cultas y de teólogos, pero que rara vez venían de la gente sencilla. La objeción más frecuente es que se trata de una practica compleja y esotérica. Pero no lo es. Es una practica de absoluta sencillez. No exige más que fe.
Fuente: Word Made Flesh. Silence and Stillness in Every Season, página 220
No buscamos que ocurra nada, ni intuiciones ni sabiduría. No analizamos ningún fenómeno superficial o externo. Todo eso es trivial comparado con el conocimiento del Espíritu que habita en nosotros, un conocimiento que surge cuando apartamos la mente de lo temporal y pasajero y abrimos el corazón a lo que perdura: Dios y el amor de Dios por cada uno de nosotros. Así es como descubrimos nuestro amor por todos nuestros hermanos y hermanas: sabiéndonos amados.
Fuente: Word Made Flesh. Silence and Stillness in Every Season, página 219