Boletín Trimestral
Ver con Nuevos Ojos
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La meditación es una forma de seguir el rastro humano hasta el centro de la realidad, donde podemos experimentar una unidad que es paz, alegría y amor. Aquí se han trascendido las diferencias, se han resuelto las dualidades. Y descubrimos que no meditamos sólo para nuestra propia tranquilidad privada. Meditamos con un sentido creciente de que nuestro viaje es de vital importancia para los demás. [ . . .]
San Agustín dijo que todo el propósito de esta vida es restaurar la salud del ojo del corazón, por el cual vemos a Dios en todas las cosas. La meditación es el medio por el cual restauramos la salud al ojo del corazón para que podamos ver la unidad de Dios dondequiera que estemos, con quienquiera que estemos, incluso en el corazón del conflicto y la discordia, especialmente en el corazón del conflicto y la discordia. . A medida que seguimos nuestro viaje, comenzamos a trascender las dualidades que nos mantienen encerrados en el conflicto, sospecha, ira y violencia—verbal, psicológica o física. Todas las cuales sabemos que son las fuerzas más negativas en nosotros mismos, en nuestras relaciones y en el mundo. Pero a medida que avanzamos en el viaje, meditación a meditación, día a día, nos liberamos de la raíz oscura que nos detiene del amor, de la vision de Dios.
amada, o tal vez en un momento de profundo dolor o tristeza, que existe un poder particular
en el silencio. Este se experimenta naturalmente en momentos muy significativos de nuestra
vida, porque sentimos que entramos en contacto directo con una verdad de tal magnitud que
las palabras podrían distraernos e impedirnos ingresar en este significado.
El silencio tiene el poder de permitir que esta verdad emerja, suba a la superficie y se haga
visible. Ocurre naturalmente a su tiempo y forma. Sabemos que no somos responsables de
hacer que acontezca. Pero sabemos que tiene un significado personal para nosotros.
Conocemos que es más grande que nosotros y tal vez encontremos en nuestro interior una
humildad inesperada que nos conduzca a un silencio verdaderamente alerta. Permitimos que
la Verdad sea.
Pero también hay algo en cada uno de nosotros que nos incita a controlar a otros, a
desactivar la fuerza que tenuemente captamos en un momento de verdad, a protegernos del
poder transformador del silencio neutralizando su carácter diferente e imponiendo nuestro
propio criterio sobre ello.
Lo terrible de la idolatría es precisamente crear un dios a nuestra propia imagen y
semejanza. En vez de encontrar a Dios desde su imponente diferencia de nosotros mismos,
lo construimos como un modelo de juguete de acuerdo con nuestra imagen emocional y
psíquica. Al hacerlo no lo dañamos a Él, por supuesto, ya que ninguna irrealidad tiene poder
sobre Dios, sino que nos devaluamos y nos dispersamos, y entregamos nuestro potencial y
la gloria divina de nuestra humanidad al falso destello de un becerro dorado.
La verdad es mucho más excitante y maravillosa. Dios, no es un reflejo de nuestra
conciencia, pero nosotros sí somos Su reflejo, SU imagen, al haber sido incorporados por
Jesús, su Hijo y nuestro Hermano. Nuestro camino a la experiencia de esta verdad es el
silencio de nuestra meditación.
John Main (Editorial Medio Media)
considerar lo que constituye su norma última: el silencio de Cristo. Pero el silencio
marca tan hondamente la totalidad del misterio de Cristo que no nos será posible en el
marco de estas páginas hablar de él sino por aproximaciones discretas. Estas nos
introducirán en algunos de los aspectos más importantes del silencio de Cristo. Toda la
vida de Jesús nos revela el lugar considerable que ha tenido el silencio en el conjunto
de su misterio.
1 – Silencio y vida oculta. El laconismo de la Escritura sobre el tema no debe hacernos
perder de vista que Jesús pasó la mayor parte de su existencia terrena en el silencio
de la vida oculta de Nazaret. Este simple hecho nos revela que el silencio es, por
decirlo así, connatural a Jesús. ¡La Palabra hecha carne calla durante treinta años!
2 – Silencio opuesto al tumulto. En el transcurso de la vida pública, el Evangelio nos
revela cierto antagonismo entre Jesús y el ruido, el tumulto, los gritos. En presencia de
Jesús el hombre poseído por un espíritu impuro “se puso a gritar” (Mc 1,23-24), el
demoníaco geraseno “gritó con fuerte voz” (Mc 5,7), el espíritu mudo “salió dando
gritos” y sacudió violentamente al niño epiléptico (Mc 9,26), el “tumulto” de la
muchedumbre llorosa se manifiesta por grandes gritos (Mc 5,38). A toda esta
confusión, Jesús opone palabras breves y serenas: “Cállate” (Phimoô = ponte un bozal)
dice al espíritu impuro (Mc 1,24; Lc 4,35) y al mar encrespado (Mc 4,39) o también
“¿Por qué ese tumulto?” (Mc 5,39). Su sola presencia parece desencadenar disturbio y
desconcierto que él domina inmediatamente con el poder misterioso de su silencio y de
su paz (Mc 4,39; 5,15; 6,50-51; 9,26...), “No gritará ni levantará la voz” profetizó de él
Isaías (42,2).
3 – Silencio-discreción. La actividad pública de Jesús lleva siempre la marca de una
gran discreción. A la reacción alborotada de las muchedumbres maravilladas por sus
milagros, Jesús opone su aversión por el renombre estrepitoso y fácil. Teme para su
misión mesiánica el brillo puramente humano. Después de haber curado al ciego de
Betsaida, le dice: “Ni siquiera entres en el pueblo” (Mc 8,26) y al leproso: “Guárdate de
decir nada a nadie” (Mc 1,44); obra de la misma manera con el sordomudo (Mc 7,36) y
con los tres discípulos al bajar del Tabor (Mc 9,9). La incapacidad de los hombres para
callar su alegría por los beneficios recibidos tiene por efecto alejar a Cristo: “De modo
que ya no podía Jesús presentarse en público en ciudad alguna, sino que se quedaba
afuera en lugares solitarios” (Mc 1,45). Es que la publicidad indiscreta que las
muchedumbres dan a los aspectos maravillosos del misterio de Jesús provoca una
adhesión por demás sociológica y corre peligro de arruinar su paciente pedagogía para
el acto personal de fe. Siempre se corre el riesgo de que la gloria humana tome el lugar
de Cristo en los corazones. Por eso “no les hablaba sino en parábolas y explicaba todo
a sus discípulos” (Mc 4,34), y bendecía a su Padre por “haber ocultado estas cosas a
los sabios y a los prudentes” y por “haberlas revelado a los pequeños” (Mt 11,25). Toda
la iniciación al misterio del Reino (cf. Mc 4,11-12) es lo que está en juego en este
silencio-discreción.
4 – Silencio y soledad del desierto. Si Jesús permanece alejado en los lugares
desiertos es porque entre ellos y él existe cierta afinidad misteriosa. Inmediatamente
después de su bautismo, el Espíritu Santo lo empuja al desierto (Mc 1,12). “Lejos, en
un lugar desierto” restaura las fuerzas de sus discípulos (Mc 6,31), instruye y alimenta
al pueblo (Mc 6,34-44), se retira para orar (Mc 1,35). A la soledad de la montaña lleva
consigo a Pedro, Santiago y Juan cuando su transfiguración y su agonía (Mc 9,2;
14,33).
Emmanuel Latteur OSB
Cuadernos Monásticos 41 (1977)
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Pero, ¿qué es el misticismo y qué tienen de relevante los místicos para nosotros? El misticismo es una palabra moderna. Los primeros cristianos no utilizaron este término sino que simplemente hablaron sobre ciertas experiencias que vivieron como místicas.
Bernard McGinn, un perspicaz escritor que se ha interesado profundamente por este tema y gran conocedor del mismo, dice en uno de sus libros sobre la historia del Misticismo en Occidente: “El elemento místico en el cristianismo es la parte de creencia y práctica que se refiere a la preparación de la conciencia y la reacción que puede describirse tras la inmediata o directa presencia de Dios”.
Este es realmente el objetivo que buscamos en la meditación, en la oración contemplativa. La meditación nos permite atravesar el nivel racional de nuestra consciencia habitual y llegar a un nivel superior de consciencia intuitiva. Este nivel nos enseña a abandonar el ego, a dejar atrás nuestra visión egocéntrica de la realidad y, al hacerlo, nos permite trascender el ego y alcanzar un modo de percepción más abierto y amplio. Nos lleva de una realidad basada en el conocimiento a una procedente de la sabiduría de la Realidad Divina. Después entramos en estados intuitivos, donde “conocemos” sin un conocimiento, donde estamos plenamente “enamorados”. Es el camino de llegar a estar plenamente vivos, desde una vida centrada en la supervivencia, a otra plena de significado, como explica hermosamente John Main:
“Cada vez más hombres y mujeres de nuestra sociedad están empezando a comprender que nuestros problemas personales y los problemas a los que nos enfrentamos en nuestra sociedad son básicamente problemas espirituales. Lo que entendemos cada vez mejor es que el espíritu del hombre no puede encontrar su realización en el simple éxito material. Esto no quiere decir que el éxito material o la prosperidad sean malos, sino simplemente que no son adecuados ni suficientes como respuesta última al significado del hombre, conocernos a nosotros mismos, comprendernos y situarnos en perspectiva. Simplemente debemos ponernos en contacto con nuestro espíritu”. Ésta es, de hecho, nuestra primera responsabilidad como seres humanos: nuestra primera tarea es encontrar nuestro propio espíritu, porque ésta es nuestra línea de vida con el Espíritu de Dios”.
La meditación nos conduce al camino en el que “encontrar nuestro propio espíritu“ y no es un camino exclusivo para los místicos sino que está al alcance de la gente ordinaria. Los místicos son quienes verifican que esto es posible: ellos comprueban que puede realizarse y todo lo que ellos nos cuentan está basado en la experiencia, no en la teoría. La dedicación y la perseverancia fiel nos conducen a nuestro centro, a la presencia del Espíritu dentro de nosotros, donde nuestra esencia “emana y es renovada por la corriente de amor de la vida de la Trinidad”.
Kim Nataraja
Traducido por WCCM España
Hoy en día vivimos en un mundo muy inestable. Parte de ello es que nosotros, personalmente, no estamos muy arraigados y como resultado, hay mucha gente inestable, insegura, e incierta. La visión inicial del cristianismo era ver la vida como algo triunfantemente bien arraigado. San Pablo habla constantemente de que nuestras vidas deben estar arraigadas a Cristo, arraigadas en Él, fundadas en Él.
“Mi consejo es que ante todo, se hagan súplicas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres” (1 Tim 2,1). Ahora podemos estar seguros de que esta división no fue hecha a la ligera por el Apóstol. Abba Isaac continúa dando explicaciones detalladas de los tipos de oración mencionados y de cuándo son apropiados. Y concluye: “Por lo tanto, todas estas formas de oración son muy valiosas para los hombres y, ciertamente, necesarias”.
Incluso ilustra cómo Jesús empleó cada uno de estos tipos de oración. Continúa con una explicación de la oración que Jesús nos enseñó, el “Padre Nuestro” y se refiere a ella como la más perfecta de las oraciones. Y finalmente llega a la oración más deseable para todos: “la oración pura”, “la contemplación”, cuando ya no somos conscientes de que estamos orando. Cita a San Antonio: “La oración no es perfecta cuando el monje es consciente de sí mismo y de que está orando”. Abba Isaac destaca que todas las formas de oración pueden conducir a la “oración pura”. Lo que se necesita para ello es fe y perseverancia.
Luego anima a sus discípulos a “seguir el precepto del Evangelio que nos enseña a entrar en nuestra habitación (Mateo 6,6) y cerrar la puerta para que podamos orar a nuestro Padre. Oramos en nuestra habitación cuando alejamos completamente nuestros corazones del ruido de los pensamientos y las preocupaciones y revelamos nuestras oraciones al Señor, en secreto, como si fuera algo íntimo. Oramos con la puerta cerrada cuando, con los labios cerrados y en silencio total, rezamos al buscador, no de voces, sin de corazones”. Aquí, Abba Isaac esboza la base de la contemplación sin decirles con detalle cómo “entrar en nuestra habitación”. Sin embargo, en su siguiente Conferencia sí que explica cómo hacerlo, ya que Casiano y Germano demuestran que están preparados para este tipo de oración al hacer la pregunta correcta. Aquí es donde llegamos al camino de la oración que John Main descubrió, para su satisfacción, en las enseñanzas de Casiano: orar mediante la repetición de una “fórmula” que lleva a la contemplación.
Isaac no restringe esta oración a determinados momentos del día, pero sí pide a Casiano y a Germano que sea una “oración incesante”: “Deberías meditar constantemente este versículo en tu corazón. No debes dejar de repetirlo cuando estás realizando cualquier trabajo o cuando estás de viaje. Debes repetirlo en tu interior, mientras duermes, mientras comes y cuando atiendes a las necesidades de la naturaleza”.
Vemos que, aunque no podemos negar la importancia de esta forma de oración tanto para nosotros como para los primeros cristianos, debemos recordar que es sólo una forma más de oración. Laurence Freeman emplea la metáfora de una rueda para representar la oración. “Piensa en la oración como en un gran rueda. La rueda lleva toda nuestra vida hacia Dios. Los radios de la rueda representan cada una de las formas de oración. Oramos de diferentes maneras, en diferentes momentos y según nos sentimos. Los radios son las formas o expresiones de oración que convergen en el centro de la rueda, que es la oración de Jesús mismo. Todas las formas de oración son válidas. Todas son eficaces. Todas participan de la oración de la conciencia humana de Jesús que habita en nosotros por medio de la gracia del Espíritu Santo” (Laurence Freeman).
Kim Nataraja
Traducido por WCCM España
¡Debemos de tener cuidado con los superlativos! Debemos tener cuidado con nuestro propio entusiasmo pues si usamos demasiados superlativos podríamos olvidar la humildad de la tarea, lo ordinario del camino. Lo ordinario es simplemente que cada mañana y cada tarde de nuestras vidas, nos enfoquemos, nos recojamos. Nos volvemos conscientes, nos volteamos en dirección al centro divino y nos enfocamos. Y lo hacemos con la simple repetición de nuestra palabra. Desaparecemos todas las imágenes que pueden construir un muro entre nosotros y la realidad, rompiendo todos los símbolos y permitiendo que la pura y brillante luz de la realidad, la luz clara del Espíritu de Dios brillando, como lo dice San Pablo, en nuestros corazones, para que sea la suprema realidad para nosotros.
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