domingo

UNA LIBERTAD ENORME

 En un diálogo sobre la espiritualidad y los Doce Pasos, el padre Thomas Keating (1923–2018) identifica el papel de la sobriedad emocional en la recuperación:


La sobriedad emocional es lo mismo que el desapego de nuestras propias ideas de felicidad y también de nuestra excesiva dependencia del grupo al que sentimos que pertenecemos, junto con nuestro condicionamiento cultural, educación, rasgos de personalidad y patrones emocionales.

En otras palabras, todas estas tendencias internas e influencias externas se sumaron a un falso yo basado en nuestras experiencias traumáticas de los primeros años de vida de las que estábamos tratando de huir. . . en lugar de enfrentar. Ahora, a través de los Doce Pasos, los enfrentas a todos, y como resultado se han relativizado. . . .

Se ha comenzado a experimentar una enorme libertad, expresada en la capacidad de servir a los demás. . . . No podemos hacer esto sin una conciencia cada vez más profunda de la motivación que acecha en nuestro inconsciente, ya que la energía inconsciente se almacena en el cuerpo e influye en secreto en nuestro comportamiento y decisiones. Tenemos que averiguar qué es esto para poder dejarlo ir. . . .

A medida que nos damos cuenta del lado sombrío de nuestra personalidad y de cuánta energía ponemos en programas de seguridad, poder y afecto, estima y aprobación, nos damos cuenta de que no podemos manejar nuestras propias vidas. En otras palabras, el primer paso se ha convertido en una experiencia aún más profunda que la original. Sólo que ahora no es un estado mental desesperado, sino un autoconocimiento que ha crecido hasta incluir partes de nuestra personalidad que no conocíamos porque a menudo habíamos proyectado el lado oscuro de nuestra personalidad en otra persona. Ahora nos enfrentamos a quienes somos en realidad con todo nuestro quebrantamiento y nuestra debilidad.

El maestro, James Finley, describe poéticamente el encuentro con Dios que apoya nuestra curación de la adicción:

¿Puedo unirme a Dios para saber quién Dios sabe que soy? ¿Puedo unirme a Dios para ver quién ve Dios que soy? . . ? Esta es la salvación.

Para hacer esto, tengo que dejar ir mi propia forma presente de ver las cosas, y descubro que no puedo. Tenemos miedo de perder el control que creemos tener sobre la vida que creemos que estamos viviendo, y somos adictos a lo que nos ata. “¡Desde las profundidades clamo a ti, oh Señor!” [Salmo 130:1] Este es el grito de salvación. . . . ¿Es posible que pueda poner mi vida en tus manos?

Entonces, el misterio de la cruz es este misterio de ser liberado de esta profunda adicción a la ilusión de un yo aislado en última instancia que tiene que hacerlo por sí mismo. Darme cuenta de que estoy en presencia del amor que nos ama y nos lleva a sí mismo. A través de ese proceso interno de discipulado, o como queramos llamarlo, podemos llegar a . . . la verdadera sobriedad, la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento.

[1] Thomas Keating, Terapia divina y adicción: oración central y los doce pasos (Nueva York: Lantern Books, 2009), 157–158.

[2] James Finley, “Mystical Sobriety”, Living School Alumni Quarterly , número 3 (otoño de 2019).

jueves

PERMANECER EN LA LUZ

Salir de las sombras puede ser un proceso doloroso. Todos tenemos nuestro escondite favorito donde nos refugiamos, donde vamos cuando queremos


descansar un poco. Pero salir a la luz es renunciar a todos esos escondites porque tomamos como lugar de descanso, la luz pura de nuestro Señor Dios. Debemos de ser muy simples sobre esto, como niños. No complicar. Simplificar.


Todos los ejemplos y metáforas tienen riesgos. No estamos hablando aquí de una luz cegadora de una lámpara echándonos una luz blanca cruel, implacable y despiadada. Cuando hablamos de Dios como luz hablamos de una luz pura, suave, omnipresente, una luz pura que nos ilumina y revivifica siempre, todo lo que es bañado con sus rayos. Es una luz que es tanto brillante como cálida. Es sobre todo una luz que revela la realidad como Amor y cuando vamos llegando a esa luz, reconocemos su unidad personal, su totalidad frente a nosotros. También reconoceremos que al permanecer en la luz podremos ver nuestro propio ser, porque la luz nos permite ver todo tal como es. Nuestra tentación sería trata de analizar la luz, romperla en sus partes constitutivas de su espectro.

El análisis y el reduccionismo son actitudes desastrosas en la oración porque asumimos que el todo está hecho de partes, que la parcialidad viene primero, y que la totalidad se crea a partir de ahí. La fe, por otro lado, va más profundo que el análisis, confiando que el todo es anterior a sus expresiones parciales. Tan pronto como nos comenzamos a concentrar en – pensando sobre – algún atributo de Dios en la oración, estamos abandonado la experiencia de Dios, porque Él en sí mismo, es la totalidad y la indivisibilidad en la simplicidad.

La invitación que cada uno de nosotros recibimos es ver la luz total y entera porque nuestra invitación es ver lo que es, lo que sea, en su totalidad y plenitud. Aprender a permanecer en la luz es de lo que trata la meditación. La luz que nos ilumina nos enseña que Dios es el todo. La luz que ilumina nos enseña que solo podemos ser cuando somos en Dios, porque Él es todo lo que es.

Esto es lo que aprendemos a ver claramente en la brillantez de la luz, que Dios es, que Dios es todo y que Dios es Amor. Recuerda la manera. La manera es dejar de pensar. La manera es dejar de imaginar. Cierra los procesos de la mente y está en silencio y atento. La manera de llegar a ese silencio totalmente despierto y consciente y la manera de cerrar las operaciones de la mente consiste en aprender a decir tu mantra. Para aprender a decir el mantra debemos ser humildes y pacientes. Debemos de comprender que tomará tiempo, que tendremos inicios falsos. Inevitablemente habrá fallas a las que nos damos por vencidos. Pero no te preocupes para nada de esto. Lo único que importa es comenzar de nuevo. El volver a comenzar es estar en el camino, en el peregrinaje. 


 
John Main, OSB


Del libro: The Heart of Creation
Canterbury Press, 2007
Traducido por Lucía Gayón

miércoles

RESPONDER EN LUGAR DE REACCIONAR

 



El Padre Richard Rohr describe cómo aprendemos a navegar nuestras emociones de una manera saludable y nos encontramos arraigados más profundamente en el amor de Dios:

Creo que estamos hechos para el amor, que nuestra morada natural es el amor y que, de hecho , somos amor. Nuestro fundamento absoluto es la comunión con Dios y con los demás. Este es el “yo más profundo” al que debemos regresar antes de actuar. Desde esta base, sabemos que debemos actuar, y somos capaces de actuar desde un lugar de energía positiva y amorosa. Desafortunadamente, cuando es “provocado” por emociones fuertes, es muy difícil salir de ese lugar profundo del “sí”.

La próxima vez que te sientas ofendido, considéralo un “momento de enseñanza”. Pregúntate qué parte de ti está realmente molesta. Normalmente es el yo falso o más pequeño. Si podemos regresar al panorama general de quiénes somos en Dios, nuestro Verdadero Ser, ¡encontraremos que lo que nos molesta generalmente no equivale a una montaña de frijoles en la realidad objetiva! Pero podemos perder un día entero (o más) alimentando ese dolor hasta que parece tener vida propia y, de hecho, nos “posee”. En ese punto, se convierte en lo que Eckhart Tolle correctamente llama nuestro “cuerpo del dolor”.

Tolle define este “dolor acumulado” como “un campo de energía negativa que ocupa tu cuerpo y tu mente”. [1] En este espacio, parece que tenemos una reacción instintiva de autoprotección hacia todo, y todos, a nuestro alrededor. Hago hincapié en la palabra reacción aquí porque no hay una decisión clara y consciente de pensar o actuar de esta manera. Simplemente sucede y aparentemente somos impotentes para detenerlo. Al hacer trabajo de sanación y practicar la meditación, aprendemos a dejar de identificarnos con el dolor y, en cambio, nos relacionamos con él con calma y compasión.

Por ejemplo, al centrar la oración, observamos el dolor a medida que surge en nuestra corriente de conciencia, pero no nos subimos al bote y le damos energía. En cambio, lo nombramos ("resentimiento hacia mi cónyuge"), luego lo soltamos y dejamos que el bote flote río abajo. Tenemos el poder de decir: “Ese no soy yo. No necesito eso hoy. No tengo necesidad de alimentar este resentimiento. Sé quién soy sin él”. Este es el comienzo de la sobriedad emocional. [2] Muchos de nosotros pensamos que estamos convertidos a Cristo, pero sin la conversión de nuestras reacciones emocionales, seguimos siendo muy parecidos a los demás.

Si hemos estado comiendo una comida regular de resentimiento hacia nuestro cónyuge, nuestro jefe, nuestros padres o "el mundo", el bote volverá en el próximo minuto porque está acostumbrado a que llenemos nuestro plato. Pero debemos ser capaces de preguntar y descubrir: “¿Quién era yo antes de resentir a mi cónyuge? ¿E incluso antes de eso? Esta es la forma principal en que aprendemos a vivir en nuestro Verdadero Ser, donde somos guiados por un “sí” fundamental, no por los pequeños rechazos del “no”.

[1] Eckhart Tolle, El poder del ahora: una guía para la iluminación espiritual (Novato, CA: New World Library, 1999), 29.

[2] Para obtener más información sobre esto, consulte Richard Rohr, Sobriedad emocional: reconfigurar nuestros programas para la 'felicidad' (Albuquerque, NM: Center for Action and Contemplation, 2011). Disponible como descarga de CD , DVD y MP3 .

Adaptado de Richard Rohr, Healing Our Violence through the Journey of Centering Prayer (Cincinnati, OH: Franciscan Media, 2002), CD.

lunes

LA PALABRA HECHA CARNE








 Extracto de “LA PALABRA HECHA CARNE”: “La Gloria de Cristo” del Padre John Main OSB (Norwich: Canterbury Press, 2009), págs. 22-23.

Para Pablo, Pedro y Juan, los maestros de la fe, en las cartas del Nuevo Testamento, el poder de Jesús es su “gloria” que es vista como la luz que brilla en todo el universo. Esa luz también brilla en nuestros corazones de forma aún más extraordinaria. Es pura consciencia. Es el amor absoluto. Es Dios. La meditación es el camino que nos conduce a la apertura más profunda a este poder de luz y gloria del que somos capaces en esta vida. Cualquier persona interesada en la meditación deberá saber que desde el principio, una vez que este poder comienza su camino y esta luz empieza a brillar en nuestros corazones, somos transformados. Al convertirnos en nuestro ser verdadero, nunca más seremos los mismos. Podremos decir que la gloria de Jesús es el resultado de su pura receptividad y total apertura al amor de Dios. Esta simple y radical apertura exige disciplina y fidelidad: la clase de disciplina fiel que practicamos cada día cuando regresamos a nuestro mantra.

En la fidelidad aprendemos fe. Aprendemos a introducirnos en la oscuridad, esa extensión de consciencia que se extiende más allá de la pequeña isla iluminada por nuestro ego. Aprendemos a entrar en el silencio donde no hay sonidos y a profundizar en el silencio del misterio de Dios. En la meditación también aprendemos a tener coraje para lanzarnos hacia esta profundidad. De esas profundidades surgen el poder y la gloria de la resurrección. Esta es la nueva vida que le es devuelta a Jesús por Dios que le sitúa en el aura divina de la gloria eterna. Su nueva vida, la gloria y el poder –todas las palabras que expresan las dimensiones del amor- son también nuestras. El misterio que renueva nuestra existencia en la vida, una vez que entramos en él, es que nosotros –gente normal- somos transformados en Cristo.

Carla Cooper


Traducido por WCCM España

domingo

LA PERSEVERANCIA

 

 


Estrechamente vinculado con el voto benedictino de la “conversión” está el voto de la “estabilidad”. Benito fue muy consciente de que el camino de la conversión, el continuo regreso a lo Divino en la oración y en la vida, exigía un camino espiritual muy difícil y, con frecuencia, suponía un proceso muy desalentador. Por ello hizo hincapié en la virtud de la “estabilidad” con la que se refería a la cualidad de la perseverancia, el arraigo en la tradición y en la práctica.

 

¿Qué debemos hacer cuando nos sintamos desalentados para meditar? ¿Qué tenemos que hacer cuando sintamos miedo de abandonar el control? ¿Qué haremos cuando sintamos que estamos fracasando en nuestra meditación porque no está ocurriendo nada? La virtud de la “estabilidad” nos enseña lo siguiente: sólo tenemos que sentarnos a nuestra hora habitual y pronunciar nuestra palabra. Perseveramos en nuestra práctica, independientemente de lo que ocurra o deje de ocurrir. Nos sentamos fielmente y pronunciamos nuestro mantra sin esperar nada.

 

La belleza está en que algo está aconteciendo, pero a un nivel que está más allá de nuestra superficial personalidad: el cambio real está teniendo lugar en nuestro centro profundo. No somos conscientes de ello, porque está más allá de nuestra consciencia racional. Si dejamos que suceda y confiamos, la meditación permite la conversión del corazón, un cambio del énfasis puesto en el yo superficial hacia nuestro verdadero yo en Cristo.

 

San Benito estuvo muy influenciado por las enseñanzas de los Padres y Madres del Desierto a través de Juan Casiano. Esta apatía, esta aridez de “¿y ahora qué?”, que requiere el antídoto de la estabilidad, era bien conocido por ellos. A esta emoción paralizante, la llamaron el “demonio de la acedia”.

 

El demonio de la acedia, también llamado el demonio del mediodía, es el que causa los problemas más graves. Ataca al monje (al meditador) sobre las 10:00 de la mañana y acosa su alma hasta las 20:00 de la tarde. Primeramente hace que parezca que el sol no se mueve apenas y, si lo hace, que parezca que el día dura 50 horas. Y así obliga al monje a mirar constantemente por la ventana, a salir de su celda y observar cuidadosamente al sol para comprobar qué lejos está aún de las 15:00h (la hora de la única comida del día) y seguir mirando para ver si quizá algún hermano aparece en su celda. Y de ese modo, va infundiendo en el corazón del monje un sentimiento de odio hacia el lugar, hacia su propia vida allí y hacia el trabajo manual  (odio hacia la meditación).

 

El demonio de la acedia lleva al monje a reflexionar sobre si la caridad ha desaparecido de sus hermanos pues no hay nadie que le ayude. Le provoca el deseo de irse a otro lugar donde podrá satisfacer más fácilmente sus necesidades, donde podrá encontrar un buen trabajo y tener verdadero éxito en la vida. Después de todo, éste no es el único lugar para agradar a Dios. En cualquier lugar puede adorarse a Dios. El monje relaciona estos pensamientos con los recuerdos de sus seres queridos y su anterior forma de vida. El demonio describe la vida, prolongándola como un largo periodo de tiempo y trayendo ante los ojos de la mente el trabajo de la lucha ascética (de la práctica de la meditación) y no deja ni una sola hoja sin remover para inducir al monje a que abandone su celda y renuncie a su lucha. Ningún otro demonio acecha tan de cerca, pero cuando es derrotado, un profundo estado de paz y de indescriptible gozo surge de esta lucha.

 

Reconocemos muchos de estos sentimientos: el tiempo se hace eterno; no obtenemos ninguna palabra de aliento; no estoy consiguiendo nada; es tan difícil sentarse y permanecer quieto; qué aburrimiento repetir una y otra vez la palabra; ¿no será mejor leer algún libro sobre meditación y espiritualidad?; ¿no será igual de beneficioso caminar por el campo?. El mensaje es muy preciso: no dejes que gane el demonio, persevera y reinará la paz.

 

Kim Nataraja

AUTOCONOCIMIENTO

" Jesús afirmó 'saber de dónde vengo y adónde voy'. Que 'conociera al Padre' significaba que se conocía a sí mismo. Y así nos conoce a nosotros y a todo el gran plan del que formamos parte nosotros y el resto de la humanidad. Nadie, cristiano o no, negaría que él (y todo lo que comenzó Jesús de Nazaret) ha cambiado la conciencia que la humanidad tiene de sí misma. El discípulo de Jesús, incluso en una etapa temprana de ese camino, experimenta ese cambio a un nivel íntimo, interior e integrado. Encontrarnos con el autoconocimiento de Jesús (que es el Espíritu Santo que dijo que vendría) es sentir un impulso explosivo en nuestro propio proceso de conocernos y comprendernos a nosotros mismos....."


( Boletín Meditatio de enero de 2019 , Laurence Freeman OSB)

viernes





Queridos amigos:

 

En el marco de las sesiones mensuales del ciclo sobre "consciencia unificada", Cynthia Borgeault compartió unas reflexiones sobre acción y contemplación. Cynthia ha tomado el relevo del padre Thomas Keating al frente del movimiento de oración centrante.

 

Los mensajes de Cynthia me han calado profundamente. Como contemplativos, Cynthia nos anima a dar el siguiente paso. El paso hacia una visión luminosa que sane, una, e ilumine el corazón del mundo. Ya no podemos quedarnos refugiados en nuestras cómodas casas en la seguridad de nuestro rato de meditación.

 

Abrazo,

John

Wccm España

Charla 4: Presencia contemplativa en un mundo traumatizado: Cynthia Bourgeault

Resumen

La relación entre contemplación y acción ha sido muy mal entendida durante siglos. Como resultado, estos dos hermosos caminos o actitudes espirituales se debilitan, porque se necesitan y están uno en el otro. Reclamar y honrar el hecho de que están el uno en el otro es realmente la clave de cómo podemos avanzar con fuerza, visión, y presencia incondicional en un mundo que está tan desgarrado, confuso y hecho jirones.

Al principio, en la forma común de ver las cosas, la contemplación y la acción son opuestos: temperamentos opuestos, uno va hacia afuera y el otro hacia adentro. Esta distinción ha existido en el cristianismo durante mucho, mucho tiempo. Ya era antigua allá por el siglo XIV cuando un monje británico anónimo escribió su clásico espiritual La Nube del No Saber. El monje escribe muy simplemente que “hay dos clases de vida en la santa iglesia, una es la activa y la otra es la contemplativa”.

Esta distinción, este sentido de que hay dos tipos de vidas o dos caminos diferentes es una división fundamental entre las órdenes religiosas, ciertamente en la tradición católica cristiana. Las órdenes activas construyen escuelas, hospitales y salen y sirven al mundo en vidas de servicio activo. Las órdenes contemplativas construyen muros alrededor de sus monasterios y se retiran del mundo, o al menos eso parece, hacia una vida más profunda, a veces de perpetuo silencio y oración. Entonces, de hecho, parecen ser formas diferentes de vivir una vida en Dios.  

Sin embargo, los gigantes contemplativos desmienten esta distinción. San Francisco, Santa Clara, Juan de la Cruz, Teresa de Ávila, Hildegarda de Bingen son modelos de una vida profundamente contemplativa que se expresa constantemente como fuente de acción y creatividad e implicación en el mundo. Se remontan directamente a Jesús, cuya vida brota de un corazón igualmente en casa en silencio y profundo retiro, y siempre regresando a la acción de sanación externa como una sola fuente que recorre todo. En nuestro propio tiempo nos encontramos con Gandhi, Dirk Haveersholtz, Su Santidad el Dalai Lama. Son modelos de lo que solo puede llamarse “contemplación comprometida”.

La contemplación comprometida surge cuando los dos ámbitos se acercan tanto que se informan y se desbordan simultáneamente. No se trata tanto de que primero calmemos y aquietemos nuestro estado exterior y luego, cuando nos aquietemos por dentro, salgamos al mundo a hacer las cosas de nuevo. En el contemplativo realmente maduro ambas dimensiones son una, unidas por las caderas, de modo que incluso la acción misma tiene la cualidad interior de una amplitud infinita e incluso el silencio mismo en su parte más profunda nunca se separa de las profundas y sentidas preocupaciones por los sufrimientos del mundo.

Esta cuestión es de particular interés por dos razones:

1. Estamos en un umbral crítico o mayoría de edad en el despertar contemplativo mismo y

2. El estado del mundo.

Estas dos cuestiones también están providencialmente relacionadas.

La renovación contemplativa comenzó en serio en el cristianismo en la década de 1970, encabezada por los dos preciosos dones de la meditación práctica: la meditación cristiana fundada por John Main y la oración centrante fundada por Thomas Keating. Ambos tomaron el tesoro de la tradición contemplativa cristiana que al principio solo estaba realmente disponible en las órdenes y monasterios contemplativos y, de repente, la contemplación "saltó la gran barrera" y se convirtió en un movimiento laico de renovación y despertar con una gran resonancia.

Cuando la contemplación saltó al mundo y se convirtió en un movimiento laico, nos encontramos con un término que habría sido absolutamente incomprensible para aquellas generaciones anteriores de gigantes contemplativos: “el estilo de vida contemplativo”. Y encontramos hoy en día que todo lo que queda de lo activo/pasivo todavía vive en algún sentido generalmente enterrado y enredado en este concepto novedoso de un estilo de vida contemplativo.

Esencialmente, nos referimos a una persona laica que vive en el mundo pero que hace las cosas que hacen los contemplativos, lo que generalmente significa ser meticuloso en sus períodos regulares de meditación todos los días, Lectio Divina y las otras artes contemplativas y, en general, tratar de vivir una vida tranquila, ordenada y algo secuestrada en la que la sencillez y el silencio se convierten en los valores por excelencia.

Todo esto puede generar dos posibles aspectos sombríos que deben vigilarse:

1. Un cierto sentido de privilegio y derecho. Es útil vivir un estilo de vida contemplativo si disponemos de unos ingresos regulares para no tener que trabajar a tiempo completo y poder pagarse viajes a los hermosos centros de retiro de los monasterios. No siempre opera en lugares de pobreza y guerra.

2. El silencio y la belleza pueden convertirse en idolatrías en sí mismos en lugar de un telón de fondo contra el cual se lleva a cabo el verdadero trabajo: la profundización del corazón crucificado de Cristo.

El movimiento contemplativo realmente se dirigía en esta dirección en los años lujosos de los años 2000 hasta que llego la pandemia del COVID. La guerra en Ucrania nos ha llamado a afrontar el hecho de que somos contemplativos en el mundo, del mundo y con el mundo con un solo corazón y una sola angustia. Si el contemplativo va a ser de alguna utilidad en este mundo, no puede hacerlo viviendo en un hermoso silo de paz y armonía auto mantenido y centrado en su propia iluminación y paz interior. Debe tener más agallas que eso. Las habilidades, el corazón, el silencio que son manifestación de una vida contemplativa madura necesitan ser reunidos con mucha fuerza para ser de inmediato auxilio colectivo, profético y enérgico a un mundo que lucha por mantenerse en pie.

Este es el desafío. La buena noticia es que los dones están realmente ahí en el camino contemplativo. Este trabajo, que a veces ha parecido muy interno, introspectivo y en cierto modo autocomplaciente, esta germinando y generando una genuina transformación de la conciencia. Ahora está allí para ser aprovechada, compartida y aprovechada más ampliamente si tenemos el valor y la visión para decidir que en nuestro propio tiempo y lugar así es como la contemplación principalmente quieren revelarse.

En La nube del No Saber, el autor pone patas arriba esta antigua dicotomía entre la vida contemplativa y la vida activa. La Nube del No Saber está llena de sorpresas que comienzan confrontando las percepciones comunes sobre este camino contemplativo. Por lo general, esta obra es percibida como otro hermoso espécimen del misticismo del amor monástico cristiano que enseña este tema "simplemente sal de tu cabeza y entra en tus emociones y corazones. No puedes conocer a Dios por el pensamiento pero puedes conocer a Dios por el amor".

La Nube es, por el contrario, un estudio muy sutil de la fenomenología de la conciencia: cómo funciona realmente la conciencia, particularmente en los niveles superiores. ¿Qué es la conciencia contemplativa?

El capítulo 8 contiene el primer mapa de ruta de los niveles de conciencia, un mapa de ruta implícitamente evolutivo, sobre la evolución de la conciencia que jamás ha sido visto antes en Occidente y que se anticipa al trabajo de personas como Ken Wilbur por unos buenos 600 años. Consideremos este pasaje del capítulo 8:

“Hay dos clases de vida en la santa iglesia, una es la vida activa y la otra es la vida contemplativa. Lo activo es lo inferior y lo contemplativo lo superior. La vida activa tiene dos grados, superior e inferior, y la vida contemplativa tiene también dos grados, inferior y superior.”

Entonces, el autor ha dividido este doble camino en cuatro niveles para que tengamos una pequeña escalera, y continúa diciendo:

“Estas dos vidas están unidas entre sí de tal manera que, aunque son diferentes en algunos aspectos, ninguna de ellas se puede tener sin una parte de la otra, porque la parte superior de la vida activa es al mismo tiempo la parte inferior de la vida contemplativa.”

Ha cambiado los cuatro peldaños de la escalera en una cerca de tela metálica al integrar el activo superior y el contemplativo inferior en una unidad. Continúa diciendo: “Debido a esto, una persona no puede ser completamente activa a menos que sea parcialmente contemplativa y una persona no puede ser completamente contemplativa a menos que sea parcialmente activa.

Así, están todos unidos como una suave alambrada de la evolución progresiva de “algo”. ¿Qué es ese algo? Creo que ese “algo” es la conciencia misma.

Continúa describiendo los peldaños: “La parte inferior de la vida activa consiste en buenas y honestas obras corporales de caridad y misericordia. La parte superior de la vida activa y la parte inferior de la vida contemplativa residen en buenas meditaciones espirituales y en mirar diligentemente la propia miseria con dolor y contrición, mirar con piedad y compasión la pasión de Cristo y de sus siervos y todos los dones maravillosos y bondades y obras de Dios y sus criaturas. Pero la parte más alta de la contemplación, tal como se puede tener en esta vida, se sostiene por completo en esta nube del no saber con un movimiento amoroso y una contemplación ciega del ser desnudo de Dios mismo”.

Si desglosamos todo esto, nos encontramos muy claramente en la idea del preconsciente, consciente y transconsciente.

En el plano inferior, una persona aún no ha establecido una conciencia de sí misma. Todos están en un “hacer humano, no un “ser” humano.

En el término medio aparece la conciencia autorreflexiva. Eres capaz de tener una maravillosa capacidad para salir de ti mismo y mirarte a ti mismo, o pararte dentro de ti mismo y mirar a Dios. Con esta hermosa capacidad autorreflexiva viene un sentido de individualidad en relación con la individualidad de Dios y un sentido de quién soy yo, cuál es mi meta, cuál es mi viaje, cómo crezco, cómo complazco a Dios, y cómo me convierto en un ser más espiritual.

Así que esta conciencia autorreflexiva y este sentido del yo como individualidad personal en la gestión de una vida vivida en Dios crecen juntos en este punto medio.

En el tercer nivel, nos encontramos con la “transconsciencia”. Algo sucede y este mecanismo reflexivo se desvanece. El autor de La Nube del No Saber lo tiene muy claro. En el segundo nivel nos encontramos con la conciencia mirando hacia afuera, saliendo a los objetos, poniendo su atención en las palabras y creando así un fuerte sentido del yo individual: estoy en relación con Dios, soy el sujeto, Dios es el objeto, estoy en mi camino. Entonces, yo y Dios nacen en la misma cosa, ambos son funciones de la conciencia autorreflexiva.

En esta tercera etapa, que identifica como contemplativa, este mecanismo traductor, este “yo”, desaparece. Uno percibe directamente que su imagen está en la “nube del no saber” con una especie de conciencia sin objeto. Ya no está mirando o poniendo su enfoque en cosas específicas, como el ojo de un arquero en su objetivo.

Aprendemos a percibir algo que aún no ha sido conocido ni nombrado en la fenomenología occidental pero que es bien conocido en oriente, conocido como “conciencia sin objeto” o un estado difuso de conciencia que es consciente sin objetos de conciencia. Y en este tipo de conciencia se hace posible una forma completamente diferente de conocer.

El “yo” del traductor desaparece y queda simplemente la percepción directa, la claridad directa. El autor se refiere a un estado de conciencia extraordinariamente importante, rápido, luminoso y claro. La mejor analogía que se me ocurre es aprender un idioma como el francés. Primero escuchamos el francés, traducimos mentalmente al castellano y luego volvemos a traducir al francés una respuesta en castellano. Y ocurre que, un buen día, escuchas en francés y hablas directamente en francés. El traductor se ha retirado.

En el siglo XIV, este extraordinario autor se dio cuenta de que el yo reflexivo, este mecanismo de traducción puede desaparecer para despejar el camino a una percepción directa. Esta percepción directa representa un salto cuántico evolutivo hacia adelante o una mutación en conciencia que siempre ha sido anticipada en el camino contemplativo pero que nunca ha sido descrita exactamente en estos términos.

Lo que el autor describe como contemplativo es lo que implícitamente sabe que es el presagio de un nuevo avance evolutivo en la conciencia, un avance que permite una espaciosidad absoluta que tiene como características principales la percepción directa y la presencia incondicional. Dice que esto no es una gracia sino una obra, la obra de la contemplación. Este es el mismo trabajo que nuestro trabajo de meditación. Cuando te sientas a meditar, sueltas tus objetos, tus historias, tus imágenes, tu sentido de ti mismo y dejas que nazca algo más que tenga realmente un significado evolutivo.

La dicotomía de estilos de vida desaparece y la contemplación ya no es un camino alternativo sino un nuevo nivel de conciencia que lo infunde todo. Infunde nuestras acciones, infunde nuestro silencio, infunde nuestras tareas cotidianas, infunde nuestro tiempo de estar sentados en profunda oración solitaria. La misma luz fluye a través de él porque la contemplación es ante todo un nivel integral de conciencia, un salto evolutivo en la visión, que permite que el mundo aparezca bajo una luz completamente nueva.

Por fin tenemos estos mapas de la conciencia evolutiva. Toda la ciencia de la evolución de la conciencia que no había nacido a principios del siglo XX es ahora uno de los frentes más grandes y vivos para el diálogo y para la comprensión de nuestro mundo. Así, Ken Wilbur ha elaborado mapas de los niveles integrales de conciencia. El trabajo fundamental fue realizado por el fenomenólogo suizo John Gebser a principios de la década de 1950 divulgado a través de su gran obra 'El Origen Siempre Presente'. Gebser analiza los estados conscientes en términos de la evolución de la civilización humana a lo largo del tiempo. Se parece a los niveles de consciencia - preconsciente, consciente y transconsciente - en la Nube del No Saber.

El preconsciente cubre la civilización hasta alrededor del 3000 a.C. Surgen niveles mágicos y míticos a medida que los seres humanos despiertan y comienzan a aprender a usar este extraordinario estanque de conciencia que se les ha plantado.

Alrededor de 2500 más tarde, tiene lugar un salto extraordinario en todo el mundo que se concentra especialmente en Europa. Nace la estructura mental de la conciencia que ha prevalecido durante 2,500 años desde el 500 a.C. hasta nuestros días. Esta estructura mental está directamente relacionada con el proceso de conciencia autorreflexiva. Ejecuta el hardware de salir del mundo, mirarlo, reflexionar sobre él, interactuar con él, manipularlo, y administrarlo. Dentro de esta estructura de conciencia se escribe toda la historia de la civilización occidental a partir de los griegos. En ella está la fuente de nuestra iglesia, de nuestra historia intelectual, y de nuestra filosofía, de nuestra ciencia, todas ellas nacidas usando este nivel y estructura de conciencia evolutiva.

Esta conciencia comenzó a decaer alrededor del siglo XVII cuando se interesó obsesivamente en racionalizar, medir, dividir, y atomizar. Ahora, en 2022 estamos al final de esta estructura de conciencia. Se está desintegrando a nuestro alrededor. Estas no son malas noticias, son noticias inquietantes, pero en realidad son buenas noticias porque lo que está empujando hacia arriba es este nuevo nivel de "conciencia integral".

La conciencia integral puede mirar a través del mundo para armonizar todas las estructuras previas sin acabar atrapados en ellas. Tiene una comprensión completamente nueva de la individualidad. La individualidad ya no se basa en “soy yo y voy a emprender mi viaje espiritual y llegar a Dios”. Toma sus signos y señales del todo. Se basa en una inteligencia colectiva, un sentido colectivo de unicidad y unidad que realmente escapa al sistema operativo de nuestra propia mente. Representa una actualización importante que facilita dar un paso adelante en esta nueva era.

La conciencia está en continua evolución.

Cuando se mira de esta manera, algunas cuestiones se vuelven evidentes. Parte del caos que vemos en el mundo - esta intensa atomización, este aumento de la intolerancia y la violencia, el calentamiento global – genera una sensación de que realmente estamos en un final, la sensación de que las estructuras que nos han traído hasta aquí se están disolviendo. Aunque cada era tiene su propio caos, el nuestro es particularmente relevante. Llega justo final del dominio absoluto de 2500 años de una estructura de conciencia autorreflexiva. Ya ha entrado en su desintegración radical. La única interrogante es si el ascenso de una nueva consciencia será lo suficientemente rápido y universal antes de que agotemos los recursos del planeta.

La pandemia, el calentamiento global y el colapso de las instituciones no son incidentes aislados. Están profundamente relacionados con la misma desintegración de una estructura de conciencia que nos ha guiado y que ahora ya está en su era agonizante.

Volvemos a la hermosa hipótesis de que lo que entendemos por contemplación no es un estilo de vida sino esencialmente un nuevo nivel de conciencia que se parece mucho a esta "conciencia integral" en algunas de sus capacidades principales. Este nuevo nivel de consciencia nos lleva más allá del individuo hipertrofiado o la individualidad egoica para pensar desde el todo, para fusionarse con el todo, para compartir energía, esperanza e inteligencia y para transferirla como energía real dentro de un todo. Es un sistema radicalmente mejorado que ha sido anticipado en el movimiento contemplativo.

Esta perspectiva nos permite mirar la contemplación, el papel del contemplativo y su camino de una manera completamente diferente. Lo miramos no como un estilo de vida sino como parte de un nuevo nivel de revolución consciente, un nuevo nivel de individualidad, que hace posible un nuevo nivel de integridad y unidad en el mundo. Jesús ya lo anticipó hace 2000 años al igual que otros maestros en otras tradiciones sagradas.

Tenemos pues que afirmar categóricamente que la contemplación y la práctica contemplativa son, en esencia, un compromiso radical con una transformación completa de la conciencia y, con ella, una transformación completa de nuestra identidad. Empezamos a dibujar nuestra individualidad como un regalo de nuestro arraigo en un todo mayor que está comenzando a formarse.

La contemplación ya ha explorado algunas de estas cuestiones y ahora está en la posición de ser parte activa en un mundo que está en caos y en el que el silencio y la belleza no van a ser lugares en los que nos refugiamos, sino cualidades que debemos llevar en cada uno de nuestros gestos.

Con eso en mente, hay cuatro regalos que un contemplativo maduro tiene para ofrecer al mundo y, en cierto sentido, está obligado a ofrecer al mundo en este momento.

1. Morir antes de morir. Cada vez que te sientas a meditar, estás haciendo un pequeño ensayo para morir. Estás soltándote a ti mismo, te estás soltando, te estás confiando en el infinito. Descubrimos un yo que es más profundo que nuestro “yo egoico”, nuestro pequeño yo que es generado por esa hermosa pero limitada propiedad autorreflexiva.

Ese yo reflexivo, ese yo sujeto/objeto autorreflexivo creado mentalmente es el único yo que tiene miedo de morir. En las otras estructuras de conciencia, las que son preconscientes y las que son transconscientes, no hay miedo. Para el preconsciente todo es parte del ciclo y la polaridad normal de la vida. La vida está en la muerte, la muerte está en la vida, la dos forman un todo. Para el transconsciente, nada puede estar fuera de Dios y de la totalidad del amor divino.

El ego, por el solo acto de situarse fuera de sí mismo y reflexionar sobre sí mismo, dice “Dios mío, me voy a morir, tengo miedo”. Parte del terror en el aislamiento que permitió que un pequeño virus pusiera de rodillas al mundo entero era este ego hipertrofiado de la estructura mental de la conciencia que no podía ver nada más aterrador que su propia muerte y tenía que protegerse a toda costa.

La contemplación te lleva más allá de ese miedo. Todas las tradiciones te enseñan a morir antes de morir. Una vez que has muerto antes de morir, estas realmente a prueba de balas, al menos espiritualmente. No es que nada pueda volver a atemorizarte, pero el miedo no puede ya distraerte o disuadirte del camino de la conciencia y la compasión. Esta fe renovada genera una presencia imperturbable y un valor silencioso que simplemente no se pueden tener cuando estamos centrados en salvar nuestras propias vidas

2. En la medida en que el yo no está ocupando el centro del escenario, también trae consigo presencia incondicional directa. Estás aquí. Ves al instante sin ni siquiera tener que pensar en ello. Lo que interviene para tomar el lugar de ese yo ocupado e inquieto es una alineación impecable de la conciencia, una conciencia que solo actúa, no piensa, no elabora estrategias, ve, y hace moverse el mundo

3. Gracias a que la que la acción no es calculadora, egoísta o estratégica, hay una tendencia a vivir completamente libres tanto de prejuicios como de falsas reacciones violentas de escándalo.  

4. Otro regalo es la energía que se libera cuando dejamos de vivir centrados en nosotros mismos y en nuestro sentido de identidad. A medida que esa energía ya no se consume en hacer funcionar todo ese pesado y engorroso sistema, nos volvemos mucho más conscientes de todo nuestro entorno y del silencio mismo.

Para Thomas Keating en sus últimos días, el silencio no era un telón de fondo para recibir mensajes de Dios. El silencio era una marea creciente, una energía que salía a tu encuentro. Y dentro de él, detectaba las sutiles corrientes de ayuda, de asistencia de fe, de sabiduría, de guía que fluyen no solo hacia ti, sino hacia todo el sistema.

Vivimos dentro de un sistema completo más grande del que participamos como células individuales. Y nos volvemos más dispuesto a recibir ayudas, orientación, bendición, y sabiduría a medida que nuestra propia presencia se estabiliza dentro de este nuevo nivel. En algunas de las grandes tradiciones, el aroma que desprendemos recibe el nombre de Meraki o Samadhi. De hecho, solo por la cualidad de su presencia, puede impartir un resplandor a una situación que cambia su energía y, de todos modos, por un momento la eleva y la lleva a una mayor coherencia.

Fue un placer ver a mi maestro Thomas Keating llegar con tanta naturalidad hacia el final de su vida. Invitaba a los que allí estábamos a su habitación para saludarnos y volvíamos sintiendo que habíamos sido profundamente bendecidos porque su ser se había convertido en un resplandor. Y eso es lo que se supone que es la contemplación en su mayor nivel: un ver luminoso, un resplandor, una luz que en su luz vemos luz.

Y mi sensación es que eso es realmente a lo que estamos llamados hoy en día. La contemplación comenzó su vida muy cómodamente en un nicho como un estilo de vida, adaptado a las normas introspectivas y psicológicas de los años 70 y 80, la paz interior y la paz exterior.

El camino ha seguido desarrollándose. La contemplación ahora nos pide dar el siguiente paso y confiar en el trabajo realizado en el desprendimiento de uno mismo, en el morir, en la fidelidad a la práctica, en la encarnación, y en la entrega. Ahora estamos listos para dar el próximo paso donde la contemplación puede reclamar el título que le fue dado por la primera generación de contemplativos … no un descanso en Dios sino una visión luminosa.

Un ver que sana, une e ilumina el corazón del mundo.

 

LA COMUNIDAD









Todos los miembros de una comunidad, como miembros de una familia, viven juntos en diferentes etapas de su camino. Se conectan entre sí y se curan y se apoyan mutuamente a través de sus debilidades y fortalezas. Tanto su deseo como su miedo al cambio personal los unen. Esto se logra si la comunidad se construye no sobre el principio del narcisismo, buscando mi propia realización, sino sobre el principio del servicio, cuidando de su realización. Servicio no egoísta. Una 'escuela al servicio del Señor' es como la describe San Benito. Esto es hoy, como siempre lo ha sido, casi como contracultural.

( Boletín Meditatio de enero de 2019 , Laurence Freeman OSB)

jueves

CREADOS PARA SER LUZ

 Hemos sido creados para transformarnos en luz, para ser luz. En la tradición que conocemos, Dios es luz pura, “en quien no hay oscuridad”, porque Él es en sí mismo. Estamos llamados a ser ´uno´ con Él, sin ser objetivizados y objetivizantes. 


El camino de la meditación es un camino de iluminación, un camino para entrar plenamente y definitivamente a la luz pura de Dios. En la meditación, la oración pura, como lo llama la tradición, ni Dios ni nosotros somos objetos.

El camino es de simplicidad en sí. La esencia de la enseñanza consiste en repetir el mantra continuamente, y, como lo descubrirás si comienzas, tendremos que tomar responsabilidad de cuidar la pureza de esta doctrina de una manera absolutamente clara para que no la enlodemos a través de la flojera o de la irresponsabilidad.  No tenemos que complicarlo. Elige tu palabra y repítela de principio al fin de tu meditación. Todo el resto es regalo puro que te será dado. Nos vamos transformando en “entregables”, porque la meditación es el camino al desapego.

No debemos quedarnos atrapados en el mundo de los objetos, ya sean de orden material o mental. Recuerden y guarden esto claramente en sus mentes y corazones, que nuestro llamado es a la intersubjetividad pura. Estamos llamados a ser uno con Aquél que es, Aquél que es toda luz.

John Main, OSB
Del libro: The Heart of Creation 

miércoles

DICIENDO EL MANTRA

 


Quiero insistir en señalarles la importancia de continuar diciendo el mantra, porque cuando empezamos a meditar podemos entrar rápidamente en terrenos de paz y en un ámbito de agradable bienestar, casi como euforia, en que decir el mantra puede parecer una distracción. No queremos perder este agradable nivel así que tratamos de permanecer aquí, poner nuestra tienda y acampar y dejar de caminar hacia arriba en la montaña. Dejamos de decir el mantra. A mucha gente le sucede y entran entonces en periodos largos, innecesariamente largos y de poca creatividad en los que no tienen ningún progreso precisamente por esta razón, cambian el potencial de una consciencia que se expande y de un mayor conocimiento del Espíritu por algo como una piedad flotante, una anestesia religiosa. El gran maestro de oración del siglo IV, nuestro maestro, Juan Casiano, ya había notado este peligro cuando se refiere a la que llamo pax perniciosa. Esta frase tan gráfica señala algo que debemos de tener presente si pensamos que podemos decir ‘hasta aquí y nada más; con eso tengo.’ Perniciosa significa precisamente eso, algo destructivo, fatal. Personalmente estoy convencido de que mucha gente no progresa de la manera que debiera en la oración, no llegan a ser lo libres a que están llamados en la oración, simplemente por que optan por esta letargia destructiva, y se dan por vencidos muy rápido en su peregrinaje en la montaña, en este constante decir el mantra. Cuando comenzamos a meditar, debemos repetir el mantra durante los 20 o 30 minutos de nuestra meditacion, independientemente del humor en que estemos o de la reacción que experimentemos. Conforme progresamos en esta fidelidad de decir el mantra, tenemos que resonarlo durante todo el tiempo de nuestra meditacion, independientemente de las distracciones o sentimientos que se puedan presentar. Entonces, conforme el mantra se va enraizando en nuestro corazón, debemos escucharlo sin cesar con toda nuestra atención. Estoy repitiendo esto para hacerles ver lo que es esencialmente el único consejo que vale la pena dar sobre meditacion, que es este simplemente, y lo repito una vez mas: Di tu mantra. Esta no es una doctrina fácil de aceptar y tampoco es fácil de seguir. Todos tenemos la esperanza, cuando nos iniciamos en la meditación, de tener algún tipo de experiencia mística, y tendemos a sobreestimar las primeras experiencias inusuales que se presentan a lo largo del camino de la meditación. Sin embargo esto no es importante. Lo importante es perseverar con el mantra, estabilizarnos con esta disciplina que nos permite seguir subiendo por la montaña. No se preocupen demasiado por sus motivos, no somos nosotros sino el Señor quien toma la iniciativa. Juan Casiano se refirió a esto de la siguiente manera: El mismo ha permitido que surja la pequeña chispa de buena voluntad del duro pedernal de nuestros corazones. Así que vamos a iniciar nuestra meditacion en la simplicidad de nuestros corazones siendo fieles a la humilde tarea de decir el mantra sin cesar.  

John Main OSB

Wccm Mexico

lunes

LA PRACTICA ASCETICA

 La meditación es el entrenamiento de nuestra mente y nuestro corazón, dos fuentes de sabiduría en la conciencia humana. Es el entrenamiento de la mente y el corazón en esta capacidad de atención. La contemplación es la fuente de sabiduría en la que me gustaría concentrarme y la meditación es una práctica ascética. Ahora bien, ¿qué es una práctica ascética? No comer carne los viernes, renunciar a cosas, negarnos a los placeres sencillos... No creo que eso sea realmente el ascetismo. Es una visión bastante negativa del ascetismo. Me gusta la historia del rabino que dijo: "En el día del juicio, cuando nos sentemos ante el trono de Dios, seremos juzgados y rendiremos cuentas por cada placer legítimo que no hayamos aceptado". La bendición original, más que el pecado original.

 






Fuentes de sabiduría, por Laurence Freeman OSB



EL CAMBIO

 

San Benito entendía la conversión como un proceso continuo. Necesitamos dirigir constantemente nuestra atención hacia la Realidad Superior en la oración/meditación y en nuestras relaciones diarias con los demás.

Pero dirigirse a algo siempre implica alejarse de otra cosa. Necesitamos cambiar nuestro enfoque de las realidades externas de nuestra vida a la realidad interna de nuestro verdadero yo, la consciencia de Cristo en nuestro interior. 


Este movimiento implica inevitablemente un cambio, en parte consciente y, también, inconsciente. En el nivel consciente se nos plantea la elección de emplear nuestro tiempo en meditar en lugar de leer o ver la televisión; una elección consciente será el reunirnos con personas afines en un grupo de meditación o asistir a un retiro; una elección consciente será, por ejemplo, cambiar los contenidos de nuestras lecturas y de las formas de ocio. Sin embargo, en el nivel interno, el cambio real, incluso la transformación que trae este nuevo enfoque, es inconsciente y ocurre de forma muy gradual. De hecho, está totalmente fuera de nuestro control; no podemos cambiarnos, somos transformados: este es el gran regalo espiritual.


¡Y éste es precisamente el problema! Porque nos gusta tener el control de todo, nos gusta decidir qué ocurre y cómo ocurre. No cedemos fácilmente las riendas de nuestra vida a nadie. Pero en el viaje espiritual el secreto está precisamente ahí: en dejarnos ir y entregarnos a un Poder Superior.

En relación con esta necesidad de poder y control está nuestro deseo de alcanzar logros. Cuando comenzamos a meditar, de alguna manera, estamos esperando que ocurra una inmediata y total transformación de la consciencia y nos sentimos francamente decepcionados al ver que seguimos siendo esencialmente los mismos. Queremos un resultado inmediato de la inversión de tiempo y energía que nos supone la meditación. ¿Por qué aún no levitamos? Si esa es nuestra motivación, pronto abandonaremos.


Pero es la entrega a nuestra repetición fiel y diaria del mantra lo que permite un cambio interno gradual de la perspectiva que afectará a la totalidad de nuestro ser. Es tan gradual que apenas es perceptible. La “chispa” de la Luz Divina dentro de nosotros no se transforma durante la noche en un fuego vigoroso y purificador. No veremos los resultados en unas semanas, ni en meses, ni quizá en años. Pero si comparamos nuestra forma de reaccionar frente a las situaciones a lo largo del tiempo veremos que existen notables diferencias. Con frecuencia, son los demás los que observan pronto este cambio de comportamiento en nosotros, como le dijo la oruga a la mariposa: “Vaya, cómo has cambiado!”.


Un problema relacionado con nuestra necesidad de poder y control es nuestro miedo al cambio. Creemos saber quiénes somos y nos hemos construido un efectivo sistema de supervivencia que nos proporciona un claro sentido de identidad y seguridad. Pero una vez más tenemos la opción de permanecer como somos o de permitirnos crecer y dejar que se cumpla en nosotros la promesa de Jesús: “He venido para que tengáis vida, vida en toda su plenitud”. Aceptar el crecimiento siempre implica un cambio. Debemos aceptar el cambio y dejar de nadar a contracorriente.


Kim Nataraja

Traducido por WCCM España