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MAS ALLÁ DEL PENSAMIENTO

 La experiencia del Cristo resucitado que tuvo San Pablo refleja la experiencia que nosotros tenemos de Él en el profundo silencio de la meditación. “Él es una presencia real, una presencia resucitada que se encuentra en lo profundo de la experiencia personal del discípulo, del nuevo creyente” (Laurence Freeman).


Sin embargo, con frecuencia, cuando comenzamos a experimentar esta presencia silenciosa, nos causa miedo y damos marcha atrás. Al abandonar nuestros pensamientos estamos “dejando atrás el ego”, como Jesús nos pide que hagamos. Pero abandonar nuestra identidad del yo, nos hace sentir muy incómodos: el ego, a punto de ser abandonado, se siente amenazado y nos invade con un fuerte sentimiento de soledad y aislamiento. Nos hace sentir que estamos entrando en un amenazante abismo, el vacío. Nosotros, nuestros egos, se sienten totalmente fuera de control. Y sin embargo, esto es precisamente lo que debe suceder. Necesitamos entrar en la “Nube del No Saber” como lo llamó un místico inglés del siglo XIV.

Sólo cuando abandonamos el ego -la superficie de pensamiento de nuestro ser- podremos experimentar quiénes somos realmente y quién es verdaderamente Dios. Y así, cuando somos capaces de lanzarnos, en lugar del sentimiento de soledad y aislamiento con el que nos llenaba el ego, nos sentiremos amorosamente abrazados por todo y por todos. El amenazante vacío se convierte en una plenitud amorosa interconectada.  

Tenemos que aceptar que no podemos captar nuestro verdadero ser o el de Dios a través de la mente racional, con palabras e imágenes: “Él/Ella está más allá de todo discurso, más allá de todo concepto o pensamiento. Él/Ella está por encima del espacio y del tiempo. Una vez eliminado todo esto, lo que te queda es la noción del puro ser y eso es lo más cerca de Dios que podrás llegar a estar” (Clemente de Alejandría, Siglo II).

Esa sensación de sentirse amado y protegido, en una red formada por todos los seres, es algo que sólo puede experimentarse. Al prestar toda nuestra atención al mantra, al centrarnos en nuestra palabra, y como hemos visto en las lecturas anteriores, apagamos nuestros pensamientos y comenzamos a percibir y a conocer la realidad de un modo diferente.

En investigaciones con niños se ha demostrado que esta forma de conocimiento está presente en el cerebro humano desde el nacimiento: “Los estudios de electroencefalogramas de niños menores de 2 años muestran que sus cerebros funcionan permanentemente en modo “alfa” –el estado de conciencia alterada en un adulto- en lugar de hacerlo en el modo “beta” de la conciencia madura ordinaria” (Lynne Taggart "The Field"). Por tanto, al meditar podemos regresar conscientemente a una forma de percepción que en nuestra infancia era instintiva e inconsciente.

Este dejar ir el ego lleno de pensamientos no es, por lo tanto, una entrada en el olvido, ni en la no existencia. No perdemos nuestra individualidad: "No hay duda de que el individuo pierde todo sentido de separación del Uno y experimenta una unidad total, pero eso no significa que el individuo deje de existir. Así como cada elemento en la naturaleza es un reflejo único de la Realidad única, así cada ser humano es un centro único de conciencia en la conciencia universal" (Bede Griffiths). Es importante recordar que la palabra “individuo” etimológicamente significa “indivisible”. Es decir, se consideraba que un individuo era una persona o cosa objetivable en relación con el todo al que pertenecía. El conjunto definía al individuo porque el individuo era indivisible de él" (Laurence Freeman, "Jesús, el Maestro en el interior").

Kim Nataraja

Traducido por WCCM España

 

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